25/5/17

Islandia, leyenda viva e impredecible


En el sur de Islandia, como en una especie de milagro de la naturaleza, se disponen, de forma diversa y ordenada a lo largo de unos 400 kilómetros, la gran parte de las atracciones de una isla salvaje, mitológica, legendaria, turística aunque inexplorada, inexplorable, pura e imprevisible, que brilla con luz propia en mar de nadie. Una escapada perfecta de 4-5 días aunque también un viaje fascinante de 9 días completos en nuestro caso, desafiante, arriesgado, ideal para dos amigos amantes de la naturaleza en su estado más virgen y radical. 2.500 kilómetros por la icónica Ring Road que rodea la isla formando casi un círculo perfecto y donde, en todo momento, nos acompañaron los increíbles parajes, las sobrenaturales cascadas, el sol, la ventisca, el granizo, las situaciones críticas, las negras playas, los infinitos glaciares, los espectaculares cañones, el frondoso musgo, la densa nieve, el silencio, la soledad más absoluta, el olor a azufre, los volcanes, los tímidos y solitarios fiordos, la aurora boreal, la lluvia, la oscuridad, el frío, la aventura, la estupidez, la siempre bienvenida suerte, los nerviosos géiseres y la paz.

Dividiré la entrada en dos partes bien diferenciadas con un claro punto de inflexión según los dos itinerarios que he comentado más arriba, para así simplificar su lectura y optimizar su utilidad.




Parte I

Empezaba nuestro periplo de tres días completos y cuatro noches por el sur amaneciendo en el Alex Guesthouse, un decente hotel a escasos minutos del aeropuerto internacional de Keflavik. La primera ducha de agua caliente sulfurosa, ligeramente fétida, nos despertaba y nos ponía ya en conocimiento y en alerta. El tercer integrante del viaje, un Dacia Duster 4x4, blanco e impoluto por poco tiempo, se unía nosotros, sin saber que se convertiría en protagonista, motel por una noche y salvador.

Pasaríamos, casi de largo, por los alrededores de la famosa Blue Lagoon, un spa al aire libre de agua geotermales color celeste, sin ser partícipes de su masificación turística antes de poner rumbo a la zona de Hveragerdi, un auténtico polvorín subterráneo, un humeante paraje formado por burbujeantes piscinas de lodo, riachuelos de agua caliente y relajantes pozas donde adormecer los pies tras una buena ruta de senderismo monte arriba.

Ya el primer día, antes de disfrutar de la anchura de la cascada Uridafoss, la espectacularidad de la caída de agua de Seljalandfoss desde su interior y la intimidad de su escondida vecina Gljufrabui, tuvimos la oportunidad de iniciarnos en la cultura del perrito caliente islandés o pylsu, sorprendentemente típico, en un puesto a orillas de la carretera de entrada a la localidad de Selfoss.




Acabábamos el día adentrándonos en el valle de Seljavallalauj, luchando contra frío y ventisca, hasta la piscina templada que descansa en su interior. Sumergirnos en sus aguas con la oscuridad ya acechando saciaba nuestros instintos más aventureros y salvajes y premiaba el corto esfuerzo de unos treinta minutos para llegar a ellas.


Despertábamos tan cerca de la cascada Skogafoss que su torrente de agua salpicaba nuestro hotel, del cual prefiero no acordarme. Desde su base y su mirador en lo alto nos deleitamos, pasmados con sus formas perfectas. Nuestro dron,  aun domable, disfrutaría de mejores vistas incluso en su primer vuelo.



Por segunda vez en mi vida y primera en Islandia, me aproximaba a la lengua de un glaciar, el Solheimajokull en esta ocasión. Impresionaba el contraste de la tierra negra con los blancos y azules impolutos del hielo y, tras sacar a nuestro dron a pasear una vez más, nos convencíamos de que habría que buscar una vía más allá de la ilusión si queríamos pisar el hielo, experimentar el glaciar desde dentro.



En lo alto del monte Dyrholaey, con la playa negra infinita a un lado y los legendarios moles de roca de Reynisdrangar al otro, nuestro dron sufría su primer momento crítico. Con el susto en el cuerpo, descendíamos la carretera de ensueño hasta Vik y atravesábamos las llanuras heladas y musgosas hasta el Cañón Fjadrarglufur, de profundidad relativamente baja pero profundamente bello, que recorreríamos a pie por su borde derecho. Todavía nos quedaba adentrarnos en lo salvaje al atardecer y rozar la más ancha de las lenguas del glaciar Skatafell con la punta de los dedos. Dormiríamos un poco más adelante, a su vera, en el parking del centro de visitantes del Parque Nacional, el más extenso de Europa, estirados como sardinas en lata en el maletero de nuestro Duster, con la nariz fría y la sangre caliente por la emoción.






Emociona madrugar para adentrarse en el bosque hasta llegar a Svartifoss, una cascada de formas inusuales que se asemeja a un acordeón gigante de afiladas columnas basálticas; siempre emociona ver el amanecer, improvisar, hacer cosas nuevas; emociona ponerse unos carpones y vivir el interior de un glaciar, aunque no se libere la adrenalina deseada, pisar con fuerza, incrustando las afiladas puntas en la montaña de hielo azul resquebrajado mientras observas los picudos rascacielos de hielo a pocos metros; emociona buscar cuevas de hielo, aunque no las encuentres; emociona ver cosas únicas, como en lago en movimiento de Jokursalon, donde infinitos bloques de hielo de los más diversos tamaños y colores descienden lentamente hasta morir en el mar; emociona oír el hielo crujir; emociona ver al sol esconderse detrás de ese espectáculo de danza de la naturaleza; emociona dormir en una idílica cabaña de madera en una granja (Guesthouse Nypugardar); emociona que la luna, el rugir de fondo de las olas, el campo verde congelado, las tres lenguas iluminadas del glaciar y las montañas nevadas en el horizonte te den los buenos días; emociona vivir en días así.


















Parte II

Continuábamos nuestro camino por las aisladas tierras del este en lo que sería un día de cascadas. Tras dejar atrás el apacible pueblo de Hofn y el amarillento y sobrecogedor paraje en las cercanías del Viking Café, arruinaríamos por un momento y con permiso la intimidad de la cascada doble de Skutafoss y de las cortinas de agua de Fossardalur, Budararfoss y Fardagafoss, ya en la apagada ciudad de Egilstadir, donde el BirtaGuesthouse nos daría cobijo una noche más.



Empezaba la nieve, la parte más cruda y monótona del viaje, horas y horas de conducción sobre un manto blanco que cubría la carretera y nuestras retinas.

Accedíamos a la cascada de Detifoss cuando la nieve sobrepasaba ya los límites de lo natural, una de las más espectaculares del país, y a su hermana pequeña Selfoss, por su entrada oeste, tras frenar a tiempo en su otro acceso este, dando la vuelta cuando las condiciones se presentaron impracticables y salvando de la tragedia a una pareja de amigos franceses plenamente inconscientes de los límites de su huevo con ruedas.


El triángulo que forman los volcanes Viti y Krafla, la fétida y humeante zona de Hvenir y el lago de Myvatn merece al menos dos días de exploración. Las caminatas, los cráteres, los ríos hediondos, la central térmica, el lavabo y la ducha en medio de la nada, las fumarolas, el agua color turquesa y el idílico lago con la caldera del Hverfjall a lo lejos, que vimos y disfrutamos congelados, rodeados o sepultados por la nieve, suponen un impacto total para los sentidos.







Justo antes de descartar Husavik de nuestro itinerario dado el estado de las carreteras y que nos encontrábamos fuera de temporada de avistamiento de ballenas en pleno marzo, Godafoss, la cascada de los dioses, claramente cincelada por ellos con maestría y precisión milimétrica, se cruzaba nuestro camino para dejarnos boquiabiertos tras un corto paseo.


El cielo parecía ofrecer algún claro esa misma tarde que llegábamos al Guesthouse Skjaldarvik de Akureyri, un antiguo hospital convertido a acogedor hotel boutique con jacuzzi al aire libre, como en una especie de mensaje de bienvenida, de anticipación al milagro.

Dos horas después, en el único hueco que libraba la inmensa nube que cubría el país en su totalidad, las luces verdes aparecían tímidas y brevemente, dividiendo el firmamento en dos.
Deseosos de más, nos metíamos en la pequeña piscina de cemento de agua caliente, en lo que el resto de huéspedes desaparecían. Minutos después, cerveza light en mano y en remojo a una temperatura que relaja el alma, ellas volvían, esta vez acompañadas, menos tímidas, en lo que probablemente recordaremos como el espectáculo lumínico de nuestras vidas, una experiencia inigualable.


A falta de dos noches en alojamientos mediocres, los parajes propios de los estados del centro y norte de Norteamérica empezaban a marcar la etapa final del viaje. Las cordilleras nevadas, la llanura amarillenta, las casas, las gasolineras y los automóviles me recordaron a mis aventuras por el “Wild West”.

El farallón basáltico de Hvitserkur y la tranquila zona en los alrededores de la cascada Glanni serían el prólogo de nuestra aventura camino de Olafsvik, uno de los puntos más occidentales de la gran isla, extremo de la alargada península que da cobijo a la puntiaguda e icónica montaña Kirkjufell, una de las estampas más famosas del país.



Todavía nos quedarían varias sorpresas. La primera en forma de ruta de senderismo con cruce de río incluido hasta la cascada Glymur, de esas que adoro; duras, arriesgadas, con un ligero toque de temeridad incluso. La segunda en forma de hospitalidad y generosidad local, cuando la imprudencia y la inconsciencia hundieron nuestro 4x4 en la hambrienta nieve de una aparentemente inofensiva cuneta, de la que sólo pudimos salir con la ayuda del poderoso todoterreno de un matrimonio islandés acompañado de un precioso angelito rubio. La tercera y última en forma de paseo por Thingvellir, espectacular llanura de vital importancia histórica y geográfica y hogar de la mágica cascada Oxararfoss. Desde allí y como parte del círculo dorado, las cataratas de Gulfoss y el área de los géiseres son visita obligada.









Nos despedíamos de Islandia con una tarde en la capital Reikiavik; moderna, segura, animada, colorida y artística, en parte de buena mano de CityWalks y saciando finalmente nuestro maltrecho apetito con un delicioso Fish and Chips en la zona del decadente puerto, en proceso de transformación. Decíamos adiós con un hasta luego muy murciano, en una especie de coincidencia premonitoria e increíble.



Será difícil repetir paisajes así pero siempre digo lo mismo y el mundo vuelve a sorprenderme.



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