20/3/17

Milán, un piacere



Tengo muchos motivos para estar contento. Mi querida Italia se vuelve a cruzar en mi camino, y no precisamente de forma esporádica. Milán, desconocida para mi hasta ahora, es buena merecedora de una entrada tras dos primeras paradas.

Quizás aquellos que valoren más que otra cosa la majestuosidad y antigüedad de Roma o la tremenda elegancia de Florencia vean a Milán como una ciudad más de Italia, sin nada o casi nada reseñable.

Entonces es cuando pienso y lanzo una pregunta:

¿Quién no puede adorar una ciudad en la que se aterriza con los Alpes nevados de fondo; dónde poder disfrutar de un café con un cornetti, que no croissant, relleno o integral con miel en la magnífica estación central; dónde cualquier café o pasta saben a gloria sin necesidad de ir a la Antica Cremeria San Carlo al Corso o a Cioccolati Italiani; dónde degustar un crodino en vaso bajo, con mucho hielo y una rodaja de naranja en las inmediaciones del Duomo; dónde adentrarse de lleno en la cultura del aperitivo, toda una institución representada por el Apperol Spritz, en alguno de los locales, como Radetzky, que inundan la ciudad rebosando estilo a partir de las siete de la tarde; dónde admirar el extraordinario interior de la Galeria Vittorio Emanuele desde su centro o desde cualquiera de sus cuatro extremos; dónde evadirse de todo en la Iglesia de Santa Maria presso San Satiro, una joya arquitectónica del siglo XV de altar pintado en perspectiva entre las vías Torino y Falcone; dónde perderse por las calles empedradas del cuadrilátero de la moda y del barrio de Brera o dónde casi perder el conocimiento con unos ravioli de tartufo regados de un Vermentino blanco de la región de Argiolas en Cerdeña en el Restaurante Lucca, muy cerca de Puerta Venecia?

Todo queda dicho. Hasta las próximas Milán. Siempre será un piacere.










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