20/3/17

Expedición polar a Bratislava y Viena



Eslovaquia es, por localización y majestuosidad de su capital, el guion del imperio Astro-Húngaro; un territorio reprimido y oprimido históricamente, de memoria convulsa y desconcertante como parte de un gran imperio, como títere del nazismo, como república soviética y como país recientemente independizado y tranquilo.

Su capital, Bratislava, en el extremo oeste del país, austera hasta para las celebraciones de Año Nuevo, se puede recorrer en plenitud en un día, incluido el espectacular Memorial Slavin en homenaje a las tropas soviéticas caídas durante la segunda guerra mundial en Abril de 1945. Coronado por su gigante obelisco, este descansa en una colina al noroeste de la ciudad vieja, rodeado de lujosas villas que ofrecen a sus afortunados dueños las mejores vistas de la ciudad. Lo atravesamos, gélido, blanco, de norte a sur, y serpenteamos por las cuestas de vuelta para llegar a tiempo de escuchar una melodía de piano que se escapaba por la ventana entreabierta de uno de los edificios de color vivo aunque apagado.







Un poco más abajo, al este del núcleo viejo de la ciudad, el Castillo de Bratislava se muestra imponente e impoluto en lo alto de una colina. Un corto paseo permite rodearlo en sentido contrario a las agujas del reloj hasta la Puerta de Segismundo, la más impresionante de las entradas a la fortaleza.


El casco histórico es un conglomerado de palacios y templos de las más diversas doctrinas. Con especial cariño recomiendo la Catedral de San Martín y sus vidrieras interiores, los patios y los colores del complejo que forman el antiguo ayuntamiento y el Palacio del Primado, las originales estatuillas de bronce que lo habitan, en particular la más famosa, la de Cumil, un obrero con cara de buena gente que asoma medio cuerpo por fuera de una alcantarilla, el místico parque público Sad Janka, junto al Danubio, el más longevo de toda Europa Central, y la Iglesia de Santa Isabel o más popularmente conocida como la Iglesia Azul, única en su especie.











En lo gastronómico, y a pesar de que la cocina eslovaca carece de atractivo especial, los restaurantes Pulitzer y Savage Garden nos deleitaron gratamente con una buena muestra de especialidades internacionales. El toque local lo puso el Pub Slovak, un local muy tradicional de obligada visita donde disfrutar de las delicias locales, entre las que destaca el halousky, una pasta de patata tan rica como contundente.

La visita a Viena fue una experiencia en sí misma. Llegábamos en autobús a la preciosa y engalanada capital de Austria un soleado 31 de Diciembre, preparada para sus ansiados conciertos de Año Nuevo. Bella y neviosa como un violín en sus arterias principales y refinada como el silbido de un flautín en todo lo demás, Viena es uno de los grandes exponentes de la grandiosidad centroeuropea. Lo demostraron su Iglesia de San Carlos, sus elegantes Jardines de Belvedere, su famosa calle Graber, con la Columna de la Peste flanqueada por imponentes edificios señoriales, su calle comercial Kärntner Strabe hasta la magnífica ópera, el mágico trayecto desde Michaelerplatz hasta el gran mercadillo navideño de Maria Theresien Platz, dejando a un lado el Palacio Imperial de Hofburg y a otro la pradera que se extiende hasta el neogótico ayuntamiento de la ciudad, su reloj Anker, su barrio judío y la antiquísima y estrecha Iglesia de Maria Am Gestade, donde me quedé absorto con sus vidrieras y los cantos de sirena de un coro.











Los grafitis del canal pusieron la nota colorida, diferente y transgresora a la partitura de la jornada.



Hasta aquí, esta muy demorada, fría y silenciosa crónica de dos nuevos rincones de países que se suman a la larga lista.


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