8/11/16

Cita con Aurora en Tromso


Llegábamos tarde a nuestra cita con Aurora en Tromso, la ciudad más importante del norte de Noruega, 350 kilómetros por encima de la línea imaginaria que delimita el círculo polar ártico, con un sueño, nerviosos, con esa ilusión infantil desmedida de las primeras cenas y miradas. Corriendo, cogíamos un taxi a Tromso Camping y así, sin más, aparecía, puntual, mal acostumbrándonos, dándonos la bienvenida, cómo si nos llevase esperando lo mismo que nosotros a ella. Tras el fugaz encuentro, fuimos a comprar víveres a uno de los Eurospar de la zona, a la espera del tercer integrante de la aventura. De vuelta al camping, ocultos entre la maleza y ya en espíritu, su luz volvía a aparecer en el firmamento, jugando en tonos verde, plata y violeta. De noche cerrada, linterna en mano, nos adentramos en el valle donde descansa el camping buscando lo indeterminado, cuando, tras un largo rato, un nuevo haz alargado de color verde que cruzaba el cielo de lado a lado y ganaba anchura desde el infinito guiaba nuestra vuelta a la cabaña.



Las buenas noches de romance suelen traer buenas mañanas. Cogíamos fuerzas, cruzábamos uno de los dos magníficos puentes que unen la isla con la vecina tierra firme al norte y al sur, recogíamos el coche de alquiler en las oficinas de Hertz del centro de la ciudad y poníamos rumbo al punto de origen de la sencilla ruta de senderismo al pico Brosmetinden, entre las poblaciones de Rekvik y Tromvik, en la parte norte de Kvaloya, al noroeste de Tromso. La ascensión por el borde del acantilado a través de charcas heladas y esponjosa tundra nos ofreció espectaculares vistas en todos los ángulos. Descubríamos entonces que la línea del horizonte es más curva en estas latitudes y que sol sube poco y no cae vertical, sino dibujando una lenta parábola casi horizontal que alarga los atardeceres y da magia a las últimas horas del día. 




Volvíamos al camping de Tromso para una nueva cita sorpresa con ella, Aurora, esta vez más bella e inquieta. Demasiado corta pero más intensa. De formas infinitas e impredecibles, parecen nubes en su estado más inicial. Es ese el momento mágico en el que el color empieza a cambiar a un verde lima que se intensifica y comienzan a ganar tamaño, formando cortinas, espirales o láminas, para pasar a retorcerse en un vals astral o ritual ancestral vikingo. Si hay suerte, y la hubo, los morados y violetas aparecen, cortados por cuchillos de acero en un vaivén frenético.





Con la motivación rozando las luces, cogíamos el teleférico hasta lo alto de la montaña Storsteinen para observar, ya de noche cerrada, desde lo más alto y acompañados de las inoportunas y amenazantes nubes, la vida en la ciudad con forma de punta de flecha prehistórica.

De buena mañana poníamos rumbo este para adentrarnos en pleno fiordo de Lyngen. Los bellos y desproporcionados riscos, más propios de la cordillera del Himalaya, los blancos valles helados, las carreteras a orillas de las largas lenguas de pacíficas aguas negras y un par de ferries cortos entre Breivikeidet y Svensby y entre Lyngseidet y Olderdalen nos metieron de lleno en la hondonada de Kafjorddalen, prólogo de la búsqueda fallida de la gran cascada y de uno de los grandes momentos del viaje. Como en una especie de embudo, la carretera que discurría por el valle terminaba en un fino camino de gravilla que ascendía por el final del mismo hasta olvidarse de los árboles, cambiando de paisaje, casi de dimensión, hasta entrar en un desolador y solitario paraje de belleza suprema. Tras la infinidad de hipotérmicos montículos color camel asomó un extremo del lago Guolasjávri. El camino de tierra blanquecina seguía con final tan emocionante como incierto. Aislados de la civilización, decididos, acompañados del silencio más absoluto, sólo pensábamos en continuar. Fue entonces cuando aparecieron, cuando la naturaleza nos recompensaba por nuestra constancia. Cientos de renos en libertad, divididos en grupos y mimetizados con el terreno, se cruzaban en nuestro camino, para nuestro asombro. Incrédulos, conscientes de la oportunidad que se nos brindaba, del momento único que vivíamos, observamos, corrimos y gritamos, libres. Al final del camino, tras bordear parte del lago, más cerca del pico Haiti y de la frontera con Finlandia, soñamos con aventuras, investigamos, anduvimos por la parte más helada de la laguna, jugamos a la petanca sobre hielo y disfrutamos de la compañía con un té caliente en un pequeño montículo formado por diminutas piedras que sobresalía entre la gran placa de hielo. A sabiendas que la nubosidad le ganaría la partida a las auroras aquella noche, pusimos rumbo de vuelta a Tromso.







 
Para la última travesía del viaje no nos alejaríamos mucho de Tromso, sólo treinta minutos al norte, más allá del aeropuerto, poco antes de la pequeña playa que precede a la localidad de Skulsfjord. Bordeamos el fiordo atravesando los abiertos jardines de las idílicas y retiradas casas de madera y, de forma improvisada, esperamos la aparición de alguna ballena despistada, que finalmente sólo avistamos en nuestra imaginación.





Del centro de Tromso, dinámica y universitaria como pocas, merecieron especial mención su original Catedral del Ártico, de diseño y formas punteras, simulando una cordillera nevada, sus impresionantes puentes, tan altos como estrechos, su Catedral Neogótica del centro, el museo de su mar, Polaria, formado por bloques que parecen caer como fichas de dominó, sus coloridas casas de madera y la espectacularidad de la cocina de Bardus Bar.



A puertas de una bizarra fiesta de Halloween, más tímida que los dos primeros días, entre las nubes, Aurora no faltó a nuestra última cita, casi sin testigos, agridulce.

Como en casi todo sueño cumplido, la sensación de querer más resulta insoportable; volver a casa deja de ser una simple cuestión de coger un avión.

Aurora, te seguiré viendo en cualquier lugar, en la oscuridad de la noche, cerrando los ojos.





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