13/5/16

Cabo de Gata, rincón dorado


La Sierra del Cabo de Gata es un lugar privilegiado de la geografía española, salvaje y poco transitado, entre el Mar de Alborán y el Océano de plásticos blancos que techan los invernaderos del este de Almería; una sucesión de playas y montañas casi vírgenes para los tiempos que corren y de solitarias carreteras para los que le gusta conducir. También para los que persiguen las incómodas, y a veces inaccesibles, calas rocosas; para los que coleccionan arena de color marrón, blanca, dorada y negra; para los que desean aventura e historia a orillas del mar; para los que disfrutan del silencio, la soledad y la tranquilidad; para los amantes del sol y del viento; pero sobretodo, para los que aman la naturaleza más pura y agreste a pocos kilómetros de la civilización.


A continuación clasificaré, por orden de preferencia, algunas de esas playas únicas que visitamos durante dos días antes de acabar deambulando donde empezamos, San Miguel de Cabo de Gata, un pueblo/decorado del Lejano Oeste cuyas salinas adyacentes tenían más vida que sus propias calles.

  • Playa de los Genoveses: En mi opinión, la joya más valiosa del paraíso almeriense, a escasos minutos de San José; una luna creciente y gigantesca de arena blanquecina escondida entre montañas y prados color ocre. De ella, hacia el sur y dentro de la misma bahía, parten cuatro calas más, hasta llegar al montículo que oculta la Cala de los Amarillos, imponente, cincelada a la perfección en la base de un pequeño acantilado.

  • El Playazo: A diferencia de la anterior, la calzada de horizonte azul que serpentea el idílico valle cuando se abandona la carretera principal cerca de Rodalquilar deja intuir el destino. Un destino dorado que hace honor a su nombre. Su calilla contigua, su Castillo de San Ramón, mimetizado con la arena, y las vistas más allá del mismo deleitan al más exigente.
  • Playa de los Muertos: Adoro explorar. De forma enfermiza. Al igual que hacerse una buena caminata obligada camino de alguna playa paradisíaca. Así es la Playa de los Muertos, un oasis protegido a pies de las escarpadas colinas que se disponen entre Carboneras y Agua Amarga y cuyos dos únicos accesos se encuentran en lo más alto de las mismas, obligando al bañista a convertirse en senderista durante unos amenos veinte minutos. En su extremo sur, un entrante de la montaña y una tremenda roca afilada esconden un rincón secreto, explorable y recomendable a partes iguales. 

  • Playa de Mónsul:  Si Indiana Jones y su padre me hubiesen acompañado en mi corta aventura por las empinadas laderas más al sur de la Cala de los Amarillos, sin duda se habrían dado un baño en la Cala Chica del Barronal y habrían alcanzado la Playa de Mónsul.  De algún otro modo llegarían aquí tanto en la ficción como en la realidad, pero, por unos instantes, busqué, aun inconsciente, las pisadas de Harrison Ford y Sean Connery a espaldas de la ola petrificada, roca insignia de esta bella playa. Su vecina Cala de la Media Luna, perfectamente comunicada y menos bulliciosa, bien merece una visita.
  • Cala del Cuervo: Justo al sur de la localidad de Las Negras, en una de las zonas más bonitas y abruptas del parque, se sitúa este ventoso y pedregoso remanso de paz. Su cerro, perfectamente escalable a pie, a unos cuarenta metros sobre el nivel del mar, ofrece unas vistas insuperables.
  • Playa del Arco: La comodidad, proximidad a la carretera y originales formaciones rocosas convierten a esta playa en una buena parada camino de las poblaciones del Noreste del Parque.

El Bar La Plaza, en Agua Amarga, el Bar Fidel, en Rodalquilar, y el Bar Entre Mares, en el centro de Almería, merecen especial mención en un fin de semana idílico también en lo gastronómico. Aún recuerdo el mejor tomate aliñado, los chanquetes con huevo, las almejas en salsa, los chopitos y la fritura variada.


Ya de vuelta a la realidad por Murcia hicimos una parada en el pasado sesentero de la Manga del Mar Menor. Justo antes de llegar a Cabo de Palos y cuando la lengüeta de mar con sus edificios cuadriculados se divisaba a lo lejos, un camino de hormigón nos adentraba en el tesoro escondido del Parque de Calblanque, donde pudimos disfrutar de la casi virgen Playa Larga, de color oro y fondo de terciopelo.

Planificando un nuevo paraíso, me despido hasta la próxima.

Saludos viajeros,


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