29/2/16

Mallorca y su Tramontana


Un giro de tuerca en la era secundaria, hace muchos millones de años, configuró la confusa y particular posición de la Isla de Mallorca y levantó una preciosa sierra a la que no ha quedado más remedio que declararla Patrimonio de la Humanidad hace sólo cinco años, como el pintor o el escritor que recibe homenaje siglos después de su muerte. Un reconocimiento que sólo se otorga a los paisajes cincelados por escultores divinos, a los hermosos caprichos de pasados repliegues terrestres, a los olvidados paraísos de montaña. La Sierra de Tramontana, que toma su nombre de los vientos que soplan en dirección noroeste. Los mismos que oxigenan esta parte de la isla y la dotan de un cutis inmejorable.


Alcudia, su infinita bahía y más particularmente el apartahotel Ferrer Maristany son la base perfecta y más económica para visitar las zonas más bellas de la isla.


Hacia el norte, bajo el sol espléndido, cruzamos Pollensa, cogimos perspectiva de su puerto y su gran bahía desde la falda de la montaña que guarda sus espaldas y paramos para disfrutar del corto paseo que finaliza en el mirador Es Colomer, que ofrece una de las más hermosas estampas de la mayor de las Islas Baleares, más espectacular incluso que desde el faro que marca el extremo del Cabo de Formentor, al que llegamos tras serpentear media hora más entre pinos que nacen del Mar Mediterráneo y florecen entre las rocas.


Para amantes de las carreteras se construyó la Ma-10, que, desde Pollensa, atraviesa la cordillera y los embalses de Gorg Blau y Cúber hasta Andratx, y donde, en Valldemosa, permite desviarse cómodamente hacia Palma, su extraordinaria capital.

Por el camino, Sa Calobra nos enseñó de cerca el color turquesa del agua y nos invitó a parar el tiempo a través del camino que rodea sus calas y se adentra de forma sinuosa en la roca para llegar a la amplia pero abrigada zona donde muere el Torrente de Pareis, Cala Tuent, en una de mis dos inmersiones invernales, nos mostró cuan frío y bello puede llegar a ser un pequeño entrante mediterráneo de mar, Sóller nos dio a probar el localmente conocido “pa amb oli” con embutidos varios en el más loco y genuino de sus bares y pudimos ver como Deià y Valldemosa, en piedra dorada, maquillados por ese brillo solar del atardecer, flotaban entre los verdes montículos.






Honderos baleáricos y principalmente romanos, árabes y la Corona de Aragón convirtieron Palma en la referencia arquitectónica que es hoy.

A un lado de la Avenida de Antonio Maura y del estiloso Paseo del Born, destacan la Catedral gótica de Mallorca, majestuosa, la Parroquia de Santa Eulalia y el amasijo de callejuelas que desembocan en la Plaza Mayor o a pies de la muralla, si, como la hierba, se pone rumbo al mar. Al otro lado, las calles que se concentran entre la comercial Avenida de Jaume III y el náutico Paseo de Sagrera invitan a perderse y a disfrutar del buen gusto de los bares y restaurantes que aquí se agolpan. Koa, un muy recomendable local que fusiona las gastronomías mallorquina e internacional, sació nuestro apetito para concluir un día grandioso.

Los últimos rayos de sol del fin de semana nos alegraron el primer tramo de Ma-12 que discurre entre el Puerto de Alcudia y Can Picafort. La siguiente parada sería Cala Mesquida, un auténtico resquicio paradisíaco en la punta sureste de la isla, de arena fina, dunas blancas e inmejorables vistas de la vecina Menorca. Mi último y más refrescante baño.


Como todo viaje al “Levante”, no podía faltar un buen arroz. En esta ocasión, uno negro con gambas y sepia, nuestro preferido. El restaurante Es Cruce, en Costa de los Pinos, no nos defraudó. Una parada obligatoria más bien.

Los acantilados de Porto Cristo y un recorrido por su hendidura de agua salada y sus alrededores remataron un nuevo fin de semana exprés de esos que deben recordarnos que el edén no es algo divino y que el paraíso está mucho más cerca de lo que creemos.


Hasta la próxima viajeros.


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