10/2/16

Las capitales sueca y finlandesa en pleno deshielo


Viajar de forma exprés por trabajo a dos ciudades desconocidas puede resultar muy placentero si el tiempo se exprime al máximo, al mismo tiempo que el currículo viajero engorda tras un ansioso atracón.  Esa burbuja que los business travelers conocen, donde la noción del espacio parece perderse y algunas semanas se viven en intensos, y en ocasiones frescos, paquetes de pocos días.

De noche tristemente prematura y una sueva oscuridad diurna casi permanente en esta época del año, Estocolmo me recibió bella, vibrante y estilosa. Sorprende igualmente su gran actividad comercial, como pude apreciar en mi recorrido por las calles Kungsgatan, Drottningatan, Sergelgatan, Hamngatan y Biblioteksgatan. El buen gusto queda demostrado en esta última, en la plaza Norrmalmstorg, en los jardines Kungsträdgarden orientados al mar, en los céntricos centros comerciales NK y Sturegallerian y en el centro de ocio Mood, donde compras y gastronomía internacional se fusionan en un espacio único y techado que imita las callejuelas de una urbe moderna.

A la mañana siguiente, en puertas de la ciudad antigua, los bloques de hielo madrugaban también, crujiendo en silencio a modo de bostezo y siguiendo el curso del mar en una especie de gélido paseo mañanero.



Tras quedarme anonadado con la arquitectura de la nueva meca de las compras en la capital sueca, Mall of Scandinavia, en el área de Solna, volvería al centro para degustar el mejor salmón al mejor precio de la ciudad, en Kajsas Fisk, en el mercado de Hotergshallen. Un salmón muy diferente al mediterráneo que estoy acostumbrado, de corte y sabor nuevos para mí. Para acompañar, amabilidad chilena, patata laminada y una salsa estrella y divina.



Cruzaría rápidamente la arteria principal de Gamla Stan, el casco antiguo, para poner rumbo al parque Ivar Los y ver la ciudad reflejada en el hielo, en todo su esplendor.



De vuelta por el mismo lugar, cuando cae la noche, Gamla Stan se transforma en un cuento donde las casas de colores se reclinan sobre las calles empedradas como intentando escuchar lo que éstas susurran. Un recital de piano fino inesperado, armonioso y oculto tras la opacidad de una ventana entreabierta. Otro momento mágico para el recuerdo.



Helsinki me daba la bienvenida de noche cerrada, gris y congelada, asemejándose a una enorme pista de patinaje. Incluso el mar, parcialmente sólido, parecía ser una prolongación de dicho símil al día siguiente. Una imagen difícil de olvidar, al igual que la entrada al bunker donde me reuniría una mañana de invierno, en el subsuelo, bajo los raíles de tren de la transitada estación de Pasila, al norte de la ciudad.


Por la tarde, tras visitar los principales puntos comerciales de la urbe, todos concentrados en torno a su centro, recorrería la avenida Aleksanterinkatu desde el histórico centro comercial Stockmann hasta la evangélica catedral luterana de Helsinki, atractiva y fantasmagórica bajo su velo blanco, como una novia cadáver. La explanada paralela discurre, con estilo parisino, hasta el mar, donde, a la izquierda, la ortodoxa catedral Uspenski hizo su aparición, rojiza, ruborizada, tras la niebla.



Justo debajo, del otro lado, frente al mismo mar congelado, Johan & Nyström, un oasis hipster de gusto tan exquisito como su café, en ladrillo visto por dentro y por fuera, y donde el dinero físico se considera tan antiguo como los tapetes que decoran las mesas. Para finalizar este nuevo viaje a tierras nórdicas y acabar finalmente con la navidad había que comerse al reno. Una carne tan roja y salvaje como genuino el restaurante lapón Lappi.



Con sueños pendientes por estas tierras, me despido hasta la próxima viajeros.


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