17/9/15

Un cuento toscano


Reconozco sufrir una tendencia crónica a la exageración y exaltación de la belleza. Tiendo a ver lo muy bueno dentro de lo bueno y lo muy bello dentro de lo bello. También lo muy malo dentro de lo malo, admito. Pero permitidme haceros una pregunta.

¿Nunca os habéis imaginado serpenteando las verdes colinas del valle del Chianti, una de las áreas productoras de vino toscano por excelencia, al sur de Florencia, en un coche de fabricación italiana, mientras el aroma de la vid y el afrutado viento acarician vuestra cara y en la radio suena una canción de Eros Ramazzotti o Laura Pausini? Yo sí, y siento haber tardado demasiado en cumplir un sueño. Un sueño toscano disfrazado de regalo de cumpleaños. Una ruta precisa como la maquinaria suiza de un reloj y preciosa como el oro rosa. Clásica y estilosa como una fina correa de piel color salmón.


A contrarreloj aterrizamos en Pisa, visitamos Cinque Terre, vivimos Florencia, atravesamos kilómetros y kilómetros de viñedos y degustamos Siena y San Gimignano. Una torre inclinada, pueblos coloridos, más marinos que marítimos, arte, historia y vistas, paz, la plaza más hermosa y peraltada del mundo y el mejor helado del universo entre rascacielos medievales de piedra. Por ese orden, siguiendo las agujas de ese exquisito reloj.

Podría resumir la ciudad de Pisa en una fotografía, cuatro en mi caso, o en los cientos que, simultáneamente, los turistas, en poses inverosímiles, se toman con la Torre Pendente de fondo. Un error arquitectónico convertido en bendición para las arcas de la icónica urbe.





Hablando de bendiciones, así podría comenzar definiendo la región de Cinque Terre, al norte. Desde La Spezia, cinco pequeñas joyas urbanísticas desafían al Mar Mediterráneo en vivos tonos y con insultante elegancia. Riomaggiore, Manarola, Corniglia, Vernazza y Moterosso al Mare. Un paraíso para bucólicos, románticos y demás seres humanos. Una ruta obligada para amantes de los atardeceres y del buen gusto.








Hablar de buen gusto y de Florencia es lo mismo. Un día en una de las ciudades más bonitas del mundo es suficiente para empaparse de ella sin entrar en la lenta contemplación del arte que inunda los numerosos museos del centro histórico. Desde la Galeria dell´Accademia, el David de Miguel Ángel, con sus casi seis toneladas y su profunda mirada, se muestra seguro de si mismo, conocedor de las pasiones que despiertan él y la ciudad que tiene a sus pies, dueño y señor de los itinerarios de los turistas, a los que, estático, mira de reojo.






A la salida, el Campanario de Giotto se muestra esbelto, en mármol verde y blanco, por encima de los edificios en tonos marrones, verdosos, mostazas y burdeos de la estrecha Via Ricasoli, que discurre hasta la Catedral de Santa Maria di Fiore. Una obra maestra construida en la piedra de los dioses, de estilo imperturbable y formas ocultas, coronada por la gran cúpula de teja rojiza, tras esplendorosa por fuera como por dentro.







Por la comercial Via Roma dejamos a la derecha la Plaza de la República y el magnífico mercadillo gastronómico local que en ella se celebraba para dirigirnos hacia la Plaza de la Señora, una explanada medieval que ejerce las funciones de museo al aire libre, albergando escultores de diferentes etapas, la Fuente de Neptuno, la réplica del David de Miguel Ángel, el imponente Palacio Vecchio y, en su esquina que encara ya al río Arno, la Galería de los Ufizzi.



El especial brillo del haz de luz que atraviesa los arcos al final del callejón dejaban adivinar el encuentro inminente  con el río. Lo sorprendente fue la imagen del Ponte Vecchio que nos esperaba a nuestra derecha, ahí, suspendido, ajeno al paso de los siglos y de los millones de personas que, boquiabiertas, lo cruzan cada año. Hoy en día, hogar de joyerías y relojerías de lujo con vistas de ensueño.




Pero antes de pasar al otro lado del río, nada mejor que abrir el apetito visitando las tumbas y memoriales de algunos grandes de la filosofía como Dante Alighieri, Galileo Galilei o Macchiavello en la Iglesia de Santa Croce. Muy cerca, la Via dei Neri, ya próxima a la Plaza de la Señora, ofrece la mejor gastronomía rápida italiana a base de fiambres, quesos, pastas, paninis y focaccias.


Ya al sur del río, una improvisada siesta en plena Plaza del Pitti precedió  a la subida de la colina sobre la que descansa la Piazzola Michelangelo. Un atardecer sin tintes morados pero teñido de gentío, sueños cumplidos, velas y celebración. Una dulce y completa panorámica de la ciudad del arte y las leyendas.



La carretera SR222 hasta Siena a través de los valles del Chianti en un Fiat Cinquecento color antracita pintó sobre un lienzo tan real como invisible lo que tantas veces había leído en las revistas y vivido entre sueños, de ahí mi pregunta al comienzo de la entrada.


Siena fue, en mi opinión, la más grata sorpresa del viaje. Cinematográfica, recogida, medieval. Tras dejar el coche en las inmediaciones de la boscosa fortaleza Medicea, la visión del casco histórico de la localidad desde la Basílica de San Domenico estremece, con la Catedral en lo más alto y la ciudad rendida a sus pies, en una especie de adoración color crema y teja. Entonces, la bella Via de la Sapienza nos metería de lleno en el cuento de Siena, la Narnia de la Toscana. Tras dejar atrás el Santuario Casa de Santa Caterina, en lo más profundo de la hondonada, los altos muros, los artísticos farolillos y las coloridas banderolas colgadas a ambos lados de las callejuelas os harán sentir como damas y caballeros de época.





Rodeamos la Catedral y, ahora sí, al son de las trompetas, dejamos que la Plaza del Campo se apoderase de nuestros sentidos. Un lugar grandioso, de esos que siempre buscan un último adiós.




Ya de vuelta al aeropuerto de Bolonia, dulce despedida en el Nueva York toscano, San Gimignano, de la mano de la mundialmente galardonada heladería Dondoli. Que Dios bendiga el helado de melón y el ego de las poderosas familias que levantaron este rincón de Italia.



Italia eterna, ci vediamo presto.


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