8/7/15

Gijón, la reina del norte


Hablar de Asturias es hablar de Historia con mayúsculas, de lucha, de orgullo, de amor desmedido por la patria, de omnipresencia, de paraísos verdes y naturales de valor incalculable, de playas espectaculares, de aprender a pasar los días bajo la fina lluvia, de escanciar sidra, de beber y de comer fabes, cachopo y arroz con leche. Una lección de vivir, en toda regla.

Hablar de Gijón es resumir todo lo anterior entre montañas, con un toque único, añejo, industrial, castizo, alternativo y decadente. Las calles, con sus desgastados baldosines de aceras y fachadas y sus carcomidos balcones, desprenden un permanente olor a salitre, muy suyo, difícil de olvidar, que la engalana y la convierte, en mi humilde opinión, en la urbe reina del norte.

La bahía que embellece esta ciudad nos recibió al atardecer, adormilada, matizada, en tonos grises metálicos, verdes, púrpuras, rosados y azules. Tras el colorido espectáculo, a modo de estática aurora boreal, unos chipironcitos fritos y una buena sartén de arroz negro saciaron nuestro expectante apetito en Las Terrazas del Pery, a la vez que nuestros dientes y el cielo se teñían del color de la tinta de calamar.



A temperaturas de meseta, la gente, especialmente activa en este rincón del país, sale a la calle y abarrota la Playa de San Lorenzo desde bien temprano, húmeda e infinita, cuando la marea da la mayor de las treguas. El resplandor del agua invisible crea un espejo kilométrico, donde la muchedumbre vive en una armonía que alegra al más triste, como en un simbólico Jardín de las Delicias carente de infierno alguno.




La obra maestra de Eduardo Chillida, Elogio del Horizonte, en lo alto del Cerro de Santa Catalina, antigua fortaleza, ofrece unas vistas únicas de la ciudad habitada, a un lado, y de su parte más industrial, al otro. Entre medias, la escultura de hormigón y el horizonte azul en su simbiótica relación audiovisual.



Rodear el pequeño montículo nos adentra, bien en plena ciudadela, con sus solitarias plazas y contrastados estampados, o nos encamina al comienzo del puerto deportivo. En cualquiera de los casos, la Cuesta del Cholo seguramente se cruzará, a rebosar, en nuestro camino, antes de llegar al conjunto arquitectónico – punto de encuentro que, a modo de cuello de botella, forman la Plazuela del Marqués, con el Palacio de Revillagigedo y la Estatua de Don Pelayo, la Plaza Mayor, con el Ayuntamiento, y la Plazoleta de Jovellanos, que eternamente recordaré como la zona en la que me inicié en la cultura del cachopo, ya sin aparente marcha atrás.







 

Todo ello puede quedar bellamente enmarcado entre las estilosas letras rojas de Gijón, a orillas del puerto deportivo.



Una nueva visita, esta vez guiada, a La Laboral, Ciudad de la Cultura, con subida a su torre incluida, llena de anécdotas y muy recomendable, un nuevo y nostálgico registro en Playa España,  unos tortos de picadillo con cabrales, mucha sidra y un gin tonic en el sublime cocktail-bar Varsovia completaron un día para el recuerdo.





Covadonga siempre resulta mística y mágica, incluso cuando la bruma y la lluvia nublan la vista. Su basílica, que parece flotar sobre la arboleda, y su santuario, prodigiosamente hundido en la roca, no pueden dejar indiferente. Más arriba, en Los Lagos, el tiempo no nos permitió ver a más de diez metros, pero si buscar el calor entre vacas, fabes, almejas y chorizo frito. Para despedirnos de Asturias, la improvisación nos llevó a las playas de Gulpiyuri y de San Antolín, auténticos caprichos de este paraíso natural. Puxa Asturies.




La ruta de las Catedrales nos obligó a volver por Burgos, para ver fugazmente su magnífica catedral y el casco antiguo que la flanquea, de paredes coloridas lisas y finos balcones blancos.




¡Hasta la próxima viajeros!


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