13/4/15

Berlín y Praga, dos por uno


Un año y medio después, volvía a pisar el aeropuerto de Tegel, en Berlín. Por aquel entonces llevaba lo puesto, una vida en la maleta llena de historias y un fin de ciclo colgado sobre mis hombros. A día de hoy, con una infinidad de vuelos a mis espaldas, escribo algo cansado, con los sentimientos arañándome las entrañas y deseando echar un poco el freno. Es como me encuentro, buscando el secreto de la felicidad y el equilibrio, e intentando descubrir el porqué de mi existencia y cómo hacer feliz a los demás.

A big part of that capricious happiness is based on feeling loved and having great friends. That kind of friends who progress in life, who meet, who complement each other, who travel to celebrate, who miss you in the distance and look you in the eyes when the talk to you, asking “how are you”. Blood from Macau, Colombia, Hong Kong, Scotland, Italy, Bulgaria, Azerbaijan, Turkey, Germany and Spain reunited with a clear objective. I wish I could have you closer guys. I love you.



La desconcertante capital alemana me recibió de noche, en un pisazo retro de un edificio típico del Berlín rebelde, repleto de pintadas de todas las categorías imaginables y con la hospitalidad insultante que caracteriza a algunas familias únicas. Thanks once again Joao.



A la mañana siguiente, la estación principal de trenes de la ciudad nos daba los buenos días y nos sorprendía con una inminente visita a Praga, destino desconocido para la gran mayoría en ese momento. Cuatro horas y media de tristes parajes y la mejor compañía hasta una de las ciudades más románticas y enigmáticas de Europa.




La belleza de cada rincón de la capital checa va en conjunción con su importancia histórica a través de los siglos y su papel fundamental en la segunda guerra mundial como niña bonita de Hitler y eje de los macabros planes post-exterminio que tenía en mente y no pudo llevar a cabo.



Lo primero que hay que hacer, sin vacilar, es dirigirse al río Moldava para ver el puente de San Carlos y el Castillo de Praga en perspectiva, a modo de postal que hechiza y enamora  casi más en días grises y lluviosos. Tras cruzar el turístico puente, cuestas, plazas y escalones llevan a la oculta y majestuosa Catedral de San Vito, resplandeciente, como un sol que brilla de noche.






A la mañana siguiente, una vez más de mano de los tours “gratuitos” y 100% recomendables de Sandemans, como ya hice hace meses en Múnich, disfrutamos de un necesariamente exagerado e informadísimo guía para recorrer la ciudad nueva y, más en profundidad, la vieja, con su plaza, la iglesia de Týn, el reloj medieval más célebre del mundo, cuyo mecanismo original data del siglo XV y aún funciona, el teatro preferido de Mozart y el actualmente lujoso barrio judío de Josefov y sus legendarias sinagogas.




Los mejores ponches de Alemania y espectaculares cócteles/pócimas con sello propio nos esperaban de vuelta en Berlín en Lost in Grub Street y Beckett´s Kopf respectivamente, ambos propiedad de nuestra anfitriona.

El indomable Berlín es puro contraste, conformando a cualquier visitante. En un día cualquiera se pueden ver los más de mil metros de la mayor expresión de libertad de la ciudad en formato de arte callejero, en el muro de la East Side Gallery, comer a escasos minutos con los locales en el mercado Markthalle Neun (recomiendo las exquisitas bandejas de carne y guarnición de Big Stuff SmokedBBQ), tomarse un café en el transgresor barrio de Kreuzberg (Companion Coffee, dentro de la moderna concept store Voo, es una gran opción) antes de deleitarse con el enorme astronauta pintado en una blanca pared de Mariannenstrabe y disfrutar de la impoluta isla de los museos que marca el camino hasta la histórica Puerta de Brandenburgo y al más reciente, pero igual de impactante, Memorial del Holocausto. Ambos monumentos, junto con el parque enfrente, que da cobijo al parlamento, brillan con más esplendor al atardecer, cuando los rayos de sol se cuelan entre los pilares de la puerta y tiñen de reflejos anaranjados los fríos bloques del recuerdo mientras los niños, y no tan niños, se esconden y corretean, los adultos se pierden y los fotógrafos esperan la instantánea perfecta.

















La obligada visita para cualquier amante, o no, de la cultura de Oriente Próximo, al museo Pergamon, realmente incomparable y único en su especie, y una rápida pasada por el barrio de Neukölln para degustar el Ramen y las especialidades japonesas de Men Men concluyeron con este esperado reencuentro. London calling.





En los próximos días os podré contar mis aventuras por la costa croata del sur de Dalmacia y las islas del Mar Adriático. Hasta dentro de muy poco. Saludos viajeros.


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