14/10/14

El norte de Tenerife, la magia de lo salvaje


Sin compasión alguna, Tenerife se ha convertido en mi casa, un destino para soñarlo despierto, donde siempre volver y descubrir rincones mágicos. Esta orgullosa isla en medio del Océano Atlántico ha ampliado a dos mi abanico de lugares donde ser feliz en un futuro no muy lejano, con mi querida Marbella de la mano. Porque una pregunta ronda mi cabeza tras mi última visita a este particular edén: ¿Y quién no se siente canario después de vivir las islas?



Una local fue la culpable de semejante trauma, aunque dulce como un hojaldre jordano. Conocimiento indispensable por otro lado, pues jugando al escondite suele destaparse lo desconocido a la mayoría, lo menos explotado, lo más salvaje, virgen y bello.

No me extenderé en esta ocasión. No me explayaré en mis sensaciones o vivencias. No diré más allá de lo evidente. Pero dejar esta corta escapada al norte de Tenerife, sus atardeceres y las miradas cruzadas con sus laderas infinitas y sus acantilados color betún en manos del cruel e inoportuno olvido sería muy injusto, no me lo podría perdonar. De nuevo, gracias.

De punta a punta, en contraste con el turístico, fiestero, plano y casi siempre despoblado de nubes sur, recorrimos La Laguna con la mirada desde la torre de la Iglesia de la Concepción, disfrutamos del atardecer en Punta Hidalgo entre cervezas y bigotes de camarones, degustamos el magnífico pastel de batata, las croquetas y la carne mechada de la Tasquita de Carol, cogimos fuerzas mañaneras con las pulguitas de La Esquina y Snuupy, en Santa Cruz, divisamos el horizonte y las asombrosas y negras playas de Los Patos, El Ancón y El Ballullo, con visita incluida a esta última, desde la casa salmón, en el Mirador de Santa Úrsula, comimos calamar fresco en la playa de San Marcos, rincón de pescadores en el municipio de Icod de los Vinos, famoso por su milenario drago, me refresqué en las aguas de Garachico, nos quitamos el mono de chopitos en el insuperable restaurante El Burgado, en Buenavista, con las mejores vistas posibles del extremo noroeste de la isla, Punta de Teno, y el rugido de las olas rompiendo a nuestras espaldas, paramos el tiempo en el Charco del Viento, la quizás mejor piscina natural de este paraíso, engrasamos un poco el organismo con las vueltas canarias con papa fritas de la Tasquita de Enfrente, en Santa Cruz, cruzamos la cordillera de Anaga y playa Almáciga para llegar y descender caminando a Benijo, sin duda, la playa del viaje, vivimos desde dentro la cultura musical y el arraigo canario mientras saboreábamos una deliciosa ensalada de mil frutas acompañada de papas, atún y mojos caseros en Casa África, regresamos por el vertiginoso camino de Las Mercedes y despedimos el gran fin de semana con un hasta pronto desde el mirador del Pico del Inglés y un más que dulce leche y leche con esponjosa tarta de queso en la abarrotada dulcería El Rayo.














Porque la vida, compartida (y en Tenerife), es mejor. 


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