27/8/14

Guadalajara y sus dos cielos estrellados


En una especie de relación justa y simbiótica, la vida, en ocasiones, te sirve situaciones tan afortunadas como inesperadas en bandeja de fina porcelana blanca de la misma forma que los viajes te llevan, en la mayoría de los casos y afrontándolos con la actitud adecuada,  a lugares y momentos únicos y a tener experiencias difícilmente repetibles.

A escasa hora y media de Madrid, pasado Guadalajara y en el área que descansa entre el Parque Natural del Barranco del Río Dulce y la parte más al norte del Parque Natural del Alto Tajo, mi última escapada me ha enseñado en cuarenta y ocho horas a exprimir los minutos al máximo, me ha enfrentado a mis miedos, me ha adentrado en lo profundo de La Tierra y me ha trasportado a millones de años luz.



Fuera de los grandes despistes del fin de semana, fuera del encontronazo con el reino vacuno, o gigante sucedáneo, sólo mitigado por las tranquilizadoras palabras de un pastor local, fuera del impecable servicio y gentileza de todo el personal del excelente Hotel Rural Los Anades, fuera incluso de los vivos paisajes de tristes girasoles, áspero bosque, abandonadas trucheras y maltrechas trincheras de la época de la guerra, todo ello en la localidad de Abánades y sus alrededores, este inolvidable fin de semana giró en torno a las dos actividades que más abajo promuevo y que invito a realizar, incluso combinar, si se desea ver algo magnífico, el contraste de la historia, palpable en las tripas de nuestro planeta, con lo infinito, intangible e inalcanzable del espacio exterior.






La Cueva de los Casares, en Riba de Saelices, a los pies de la torre califal que corona el yacimiento arqueológico de una antigua población musulmana del Califato de Córdoba, del siglo IX, es disfrutable por 6 simbólicos euros y un máximo de 24 personas al día, previa cita en el 949 831 102 a través de la Asociación de Amigos del Museo de Molina de Aragón y la entrada está restringida a la primera de las salas, tras penetrar la gruta por un angosto y zigzagueante túnel. Ya dentro, la temperatura, fresca y constante, queda regulada por el núcleo terrestre y las gotas nacientes de las estalactitas crean la imagen de un cielo repleto de estrellas, mientras, más abajo, las paredes guardan, bajo llave, casi inalterables, grabados del Paleolítico de entre 10.000 y 30.000 años de antigüedad, según las diferentes teorías, de cuerpos antropomórficos, animales y escenas hierogámicas, dependiendo también de la interpretación. Muchas incógnitas para un lugar de culto e insólito aunque incomprensiblemente deficitario, casi abandonado a su suerte y poco promocionado. Algo único en España, en Europa y en el mundo.




En Hortezuela de Océn, de la mano de un apasionado, altruista y amabilísimo Juan Carlos Garrido, astrónomo de profesión y vocación, del Centro Astronómico de Océn (www.caocen.org), una iniciativa tan propia como maravillosa, recibí una de las clases teóricas más bonitas de mi vida, una introducción al apasionante mundo de lo inabordable por la mente humana. Ante mis atónitos ojos, y con toda su esencia encerrada en el pequeño cilindro del visor del telescopio, el cielo de verano mostró, por enumerar algunas, sus más famosas constelaciones, sus más brillantes estrellas, su osa mayor y su prolongación hasta la inmóvil estrella polar, siempre marcando el norte, su osa menor, un nítido Saturno, nebulosas de emisión, de reflexión y planetarias, cúmulos abiertos como la casa de E.T., supernovas, un solitario agujero negro a 70.000 años luz y una galaxia de código irrecordable a 49 millones de años luz. Considerando la velocidad de ésta 300.000 km por segundo, que razón tenía Juan Carlos cuando, con una sutil metáfora, comentó al comienzo de la sesión: “Hoy es lo más lejos que vas a viajar en tu vida y a dónde menos vas a tardar en llegar”.




Gracias, vida, por estos fines de semana.


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