14/6/14

Tenerife y La Gomera, soñando en el paraíso


En el tiempo que llevo escribiendo esta bitácora, la experiencia me dice que las entradas más difíciles de elaborar son aquellas sobre esos destinos en donde la belleza de los paisajes, claros protagonistas de este texto, sobrecoge lenta y plácidamente los sentidos, los aglutina, los sacude y acaban por abrumarse, saturándose como una solución de poco agua y mucho azúcar. Son los lugares que acaban interpretando la película de nuestra vida y a los que se recurre en cuanto se presenta la mínima oportunidad. Imágenes que evocan a un paraíso terrenal, de donde las grandes productoras americanas de cine deben inspirarse para crear sus increíbles mundos de dinosaurios, criaturas azules, gente perdida tras accidentes aéreos y náufragos. Auténtico reto y motivación para mi limitada habilidad literaria, obligada a transmitir, guiada en cada momento por la imaginación y los bellos recuerdos.

Una escapada a La Gomera y a Tenerife, isla natal de mi compañera de viaje en esta ocasión, generosa, empática y aventurera como muy pocas. Agradecimientos recíprocos por un viaje que apuesto permanecerá en mi retina para siempre, porque como adelantaron Miguel Ángel Acero y Pedro Pablo Cerrato en su libro Las Mejores excursiones por la Isla de La Gomera, prólogo principal de preparación de mi viaje, “Así, quienes amamos recorrer mundos diferentes, quienes nos sentimos como parte de la Naturaleza, añoramos sin duda la belleza solitaria y serena, agreste y cambiante; y es que decir Gomera (y yo incluyo, con permiso, Tenerife) es soñar en el paraíso”.




Llegando al aeropuerto del norte de Tenerife, quizás no haya mejor bienvenida a la isla que compartir un atardecer en El Sauzal, y más específicamente en un área acantilada convertida a remoto parque, únicamente conocido por los locales, en la que se asentaba una barriada, desafiando las leyes de la gravedad. Muy cerca, piñas coladas de cara al crepúsculo en el Sunset, un chill out bar de libro, y queso frito con mojo, verdes neones y cócteles gigantes en Tasiri, una espectacular terraza sobre el mar en la zona de Las Caletillas.








Testigos del amanecer en Santa Cruz, con el amarillento sol iluminando cada casa a su paso, nos dirigimos al Puerto de los Cristianos, en el sur, donde ya La Gomera se muestra imponente y aparentemente inofensiva a lo lejos, envuelta en un fino papel de neblina y distancia. Cincuenta minutos después, bajo el cielo despejado, la circular isla colombina nos daba la bienvenida con el picudo Teide presente a nuestras espaldas, como casi durante toda la ruta, advirtiéndonos de que, a nuestro retorno, en sus laderas nos esperaría el gran espectáculo visual del mullido colchón de nubes.




Los primeros minutos en el coche tras abandonar el puerto de San Sebastián de La Gomera, la pequeña capita,l ya nos sumergieron en el mundo de curvas que nos acompañaría sin piedad serpenteando la isla con forma de papel arrugado, similitud que entendí una vez dentro de las grietas de dicha hoja. Desde el Alto del Contadero, el punto más alto del islote que también podría asemejarse a un exprimidor de naranjas, el Alto del Garajonay, cuna de historias y leyendas, e intensamente verde tras resurgir de sus cenizas, aguarda, tras una caminata de escasos tres kilómetros, solitario, ofreciendo vistas de toda la isla y de otros tesoros del archipiélago canario como La Palma o El Hierro. 




Sin duda, el siguiente sendero al que, inocentes e ilusionados, accedimos, supondría el punto fuerte, y la locura al mismo tiempo, del corto viaje. Desde El Cercado, alfarero de tradición, hasta la nudista y oscura Playa del Inglés, cinco kilómetros descendiendo por el barranco del Valle Gran Rey y siete kilómetros por carretera pusieron ante nuestros atónitos ojos, quemada piel y duros gemelos, los caprichos que la Naturaleza decidió permitirse en esta isla de ensueño. Terrazas y formaciones rocosas imposibles se sucedieron hasta divisar la carretera más abajo, diminuta, que, entre palmerales y coloridos pueblos como La Vizcaína, Hermillo, Chelé o Los Granados, entre otros, zigzagueaba sutilmente hasta la playa, al final de un precioso y abrupto valle, cuyo final no parecía llegar. La mejor y más familiar ensalada campera del mundo para retomar fuerzas, agujetas para días, imágenes para toda la vida. Agotados, y rodeados de un entorno mágico, como su dueña, las logradísimas casas rurales del Jardín De Las Hayas, extremadamente recomendable, nos acogieron de forma idílica, acompañados del silencio más absoluto y el naranja atardecer detrás las nubes.


















Galletas clásicas en Arure para un nuevo desayuno camino de la empedrada Playa Alojera, prácticamente impracticable a la par que bella, localizada en el extremo noroeste de la isla, escondida al fondo de una inmensa pared de piedra en la que el pasado talló un minúsculo pueblo pesquero en tonos blancos y azules, actualmente casi abandonado, donde los gatos y la brisa  campan a sus anchas y las olas al romper desgarran el silencio. Con los gemelos duros como el asfalto, el ascenso a la base del Roque Cano, en la florida localidad de Vallehermoso, se quedó en una valiente intentona de caminata hasta la parte más alta del pueblo, desde donde pudimos observar el peñón más de cerca. Con el estómago pidiendo su turno, el municipio de Agulo culminó la aventura con sus viejas callejuelas de colores, parcelas de plataneros, vistas de postal y sobresaliente comida típica de la región en el restaurante Vieja Escuela. Almogrote, chocos y atún en salsa de mojo para saciar un nuevo sentido, el único pendiente a esas alturas.




















Al igual que hice con el azulejo en Lisboa, las flores han llamado esta vez mi inquieta atención y la de mi recién estrenada cámara fotográfica, pues considero que el exotismo y atractivo de la flora de un lugar determinan en gran medida el encanto del mismo. La vegetación floral de La Gomera, y creo que la del resto de las islas que forman uno de los archipiélagos más maravillosos del universo, es como describir a la mujer ideal, de hermosura salvaje pero suave, con carácter, luminosa, intensa, cautivadora y de vivos colores.




















A nuestro retorno, el atardecer reflejado en la mística Montaña Roja del Médano, convertida a naranja por un rato, cerveza pirata en mano, los productos de la tierra en los ruidosos salones del caserío que aloja uno de los mejores restaurantes de Santa Cruz, La Hierbita, y un poco de parranda canaria entre Bulán, La Suite e Isla de Mar precedieron a otro día para el recuerdo en el Teide, lleno de aprendizaje y en reveladora y perfecta compañía, sin quitar la mirada de la tez blanquecina de las nubes de algodón que sostienen el castaño cabello de las lomas del volcán, cuando las condiciones lo permiten, en una estampa única, incomparable. Más arriba, ya a pies de la montaña, el infinito valor paisajístico y botánico de la zona libera toda su esencia volcánica, con la aparición de la famosa tarta de sedimentos y la sucesión de calderas volcánicas, tajinastes, lava solidificada y eternos valles. Dulce tensión reservada para el final de vuelta en el coche y más dulces cafés de aeropuerto que sólo ponían la guinda a un fin de semana inolvidable. Un nítido hasta pronto.










Y, por acabar por el principio, para animarme a volver lo antes posible, norte o sur, afirmo que las respuestas y el paraíso están mucho más cerca de lo que creemos.

Saludos viajeros,


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