4/5/14

Dalí y el tesoro de la Costa Brava


Vuelvo a las andadas de escribir sobre España, un país que merece una entrada de cada rincón, aunque algunos sin duda marcan especialmente. Esta vez sobre una de las regiones más bellas de Cataluña, la Costa Brava, y más específicamente, el Alto Ampurdán. Nuevo reencuentro de parte de la familia de Miami, unida por los road trips, los cánticos en carretera, la honestidad, los cotilleos y las historias para no dormir. Una escapada tan express como intensa, que por supuesto ha multiplicado mi devoción por este territorio, una verdadera fuente de energía e inspiración renovable, donde las permanentes montañas vigilan de cerca las arboledas y verdes y amarillentos campos hasta que, sin previo aviso, se escarpan, como si de una isla volcánica se tratase, para morir en el mar mediterráneo.




Dejando para otra ocasión las barracas de Figueras por el fuerte temporal tramontano, típico de la zona, viajamos en el tiempo para dejar nuestras maletas en la masía de otra época de nuestra más que generosa anfitriona, salmón, simple y plana por fuera, museo de historia por dentro.

Ya de vuelta parcial al siglo XXI y sin lugar aparente para cenar, acabamos en el casino de Peralada, con el mejor “snack bar” y sobrasada que he probado hasta la fecha, y hasta con una “gin tonic experience” convertida a divertida e improvisada cata ciega. Muy alejado de tratarse de una sala de juegos convencional, el casino se emplaza en el castillo de la localidad, del siglo XIV, protegido por una frondosa y fresca enredadera que abraza dos desproporcionadas torres medievales. Tras cruzar la puerta situada entre las mismas y atravesar un hall de entrada blanco, sin mácula, el color granate y la piedra dominan la escena de la oscura sala principal, de techo infinito, decorada con antiquísimos tapices con motivos históricos. Los llamativos relieves y ornamentos en lo más alto de la sala de póker tampoco dejan indiferentes, provocando confusión, una extraña sensación de descuadre entre lo que las paredes pudieron ver cuando se levantaron y de lo que son testigos actualmente.

Tras descansar en literas, como primos hacinados en unas vacaciones de verano, visitamos el sorprendente centro de Peralada, con sus angostas y empedradas calles y los saludos a diestro y siniestro de los vecinos, en un lanzado Volkswagen Cabriolet de película. Gigantes cabezudos, bikini de jamón y queso y cacaolat para pintar la mañana, un poco más si cabe, a rayas rojas y amarillas.




¿Qué se puede esperar uno del pueblo donde vivieron artistas como Dalí o Picasso?

La carretera en ascenso que deja atrás las excepcionales vistas del Golfo de Roses lleva a uno de los puntos más artísticos de la península, un lugar, de color blanco reluciente, donde algunos de los mayores exponentes de nuestra historia moderna del arte encontraron la mayor de las inspiraciones, y otros la buscan a día de hoy. A escasos centímetros de un mar especialmente azul y agitado, rodeamos el pueblo empujados por la tibia brisa y, sin prisas, al ritmo que el tiempo deambula en este escondite de genios, degustamos productos del mar en una terraza, mientras nuestra tensión bajaba con el sol. A pocos minutos, en Portlligat, todavía más al este, jugamos en el surrealista jardín de Dalí, hecho cala, viendo lo que él veía desde su ventana con sus siempre despiertos y sorprendidos ojos y dibujando en la mente lo que él plantaba en sus láminas.








Tras haber descubierto este pedazo único de nuestra tierra y para acabar con una cita del gran portento, sólo me queda decir que “hay días en que pienso que voy a morir de una sobredosis de satisfacción”.


Hasta la próxima viajeros.


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