23/2/14

Varsovia y Breslavia, primera de muchas


Cuando el tiempo para pararse a pensar pasa a ser un bien escaso, los momentos pausados de inspiración un lujo al alcance de muy pocos y las escapadas se convierten en frenéticos viajes por trabajo, nuestro propio cerebro minimiza de forma irremediable el espacio dedicado a la reflexión. Un nuevo año para acumular millas y vivencias y seguir viendo, por suerte, la tierra desde el aire, a través de la ventanilla de un avión. Pasarán a ser provisionales protagonistas de este blog los viajes intensivos a muchas ciudades dentro de un mismo país, relatos más cortos, impresiones en formato de pincelada aventurada.

¿Quién me iba a decir a mí que, en plena búsqueda de continuar con mi sueño americano en la gran manzana, tan cerca que lo podía tocar con las yemas de los dedos, o de saborear mieles más exóticas de destinos como Tailandia o Irán, iba a acabar en una gran empresa de moda, viajando a Polonia semana tras semana, sin tregua?

Una mezcla de trabajo, perseverancia y casualidad me han traído aquí. Siento esta oportunidad como un tren de esos cuyas puertas permanecen abiertas durante segundos, con parada en la puerta de casa y destino a lo desconocido.

Una estresante y divertida locomotora que promete mil y una experiencias. Trataré de exprimir cada traslado a las profundidades de Polonia hasta la última gota. Vía libre de viajes a una cultura nueva, diferente, aparentemente fría y de temperaturas igualmente gélidas, sólo mitigadas por las ganas de adentrarme en ella.




Expresiones faciales y paisajes monocromáticos herencia del comunismo en la capital, Varsovia, donde, a falta de conocer su casco antiguo, cielo, niebla, automóviles, ritmo, gente, parques, asfalto y bloques de cemento desconchados se funden en una singular escala de grises que contrasta, de alguna forma, con la vida y los neones de los numerosísimos centros comerciales, en los cuales pasaré largas horas, testigo de una nueva sociedad consumista atendida por mujeres, algunas muy bellas, y dirigida por hombres. 

Desde los sucios cristales de la planta veintidós del hotel Marriott, privilegiadas y traslúcidas vistas del norte de la capital, de la clásica estación central y del modernista centro comercial Zlote Tarasy, a sus espaldas, cuyo innovador techo compuesto por triangulares y azulados cristales transparentes asemeja, entre edificios, el movimiento del agua en alta mar, del imponente palacio de la cultura y la ciencia y de una de las escasas calles comerciales de la ciudad, Marszalkowska. Recuerdos de Miami al dente en Vapiano y fríos paseos en compañía por la travesía Nowy Swiat, más castiza, de casas bajas y coloridas grietas, con destino a la inmensa, histórica y diáfana Plaza Pilsudskiego.

Breslavia, urbe menor, más recogida, acoge al visitante entre parisinas calzadas empedradas, catedrales, callejones y preciosos inmuebles en tonos ocre. La bella y multicromática Market Square invita a rodearla sin descanso y a esperar temperaturas más cálidas que empujen las mesas de sus bares al exterior. Muy cerca,  Lubu Dubu, el salón de la casa de la abuela de la fabada hecho restaurante, donde jóvenes beben cerveza y degustan gastronomía polaca por unos pocos Zlotys. Muy recomendable.






Dicen que no hay segundas oportunidades para una primera impresión. Pues he de decir que la primera visita de muchas a Polonia ha calado muy positivamente en mi retina y mantiene intactas mis ganas de seguir descubriéndola.


Hasta mañana Varsovia.


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