14/12/13

Cancún y La Riviera Maya, el fin de un era


Seis amigos unidos por Miami, dulce nexo, seis personas bien diferenciadas, seis individuos con sus circunstancias, más y menos duras, pero igualmente personales, un objetivo, olvidarlo todo durante cuatro días y disfrutar juntos de un nuevo tesoro para la bitácora de todos. Gracias a Marta con C, a Nuria con A, a Esperanza con N, a Ismael con Ú y a Rubén con N por acompañarme en este espectacular y sensorial viaje. Gracias a Cancún con mi C, nido de serpientes en el idioma maya, muy lejos de la realidad de este grupo, y a Playa del Carmen, por poner nuevamente a México a otro nivel en mi selectiva pirámide escalonada de recuerdos viajeros y por marcar de forma tan bella y significativa el final de una era, o baktun, muy peregrina en mi vida. Ni mucho menos el fin del mundo.

La península de Yucatán y sus estados de Quintana Roo, Yucatán y Campeche representan la caja fuerte de una de las más asombrosas y enigmáticas civilizaciones jamás vistas, un baúl de piedra y estuco, rebosante de un secretismo inexplicable, propiedad del mismísimo Kukulcán, serpiente emplumada, uno de los dioses creadores de la vida a partir de los elementos y los valiosos recursos de la madre naturaleza. Una cultura de tres periodos que abarcan del año 1.000 a.c. al 1.697 d.c. y que giran en torno a un esplendoroso periodo clásico entre los siglos IV y X d.c., con espectaculares ciudadelas, templos y complejos deportivos y ceremoniales como estandarte y una mezcla de sabiduría y arte de valor incalculable. Una era de poderes sobrenaturales, sacrificios y conocimientos astrológicos y profecías fuera de nuestro entendimiento. Un infinito legado de sapiencia y atribuciones a sucesos modernos repletas de misticismo, aparentemente ilógicas.



Cancún, muy americanizado, recibe al turista con una sonrisa limpia y un maquillaje exterior de un verde impoluto a ambos lados de las grandes avenidas perfectamente asfaltadas que llevan a la ciudad. La zona hotelera, una paradisíaca y lujosa lengüeta natural que desafía al Mar Caribe y donde las habitaciones se cuentan por decenas de miles, nos dio cobijo en uno de sus establecimientos comparativamente más humildes, The Royal Cancún, an All Suites Resort, un laberinto de acogedoras villas blancas con playa privada del mismo color y restaurante propio desde donde poder divisar Isla Mujeres en el horizonte turquesa en compañía de una tortilla de infinitos huevos o unos deliciosos chilaquiles verdes con pollo.

Hablando de cocina mexicana, para plato fuerte el viernes 6 de Diciembre, día de la Constitución Española, de la mano de Manuel y Chichén Itzá Tours. Valiente desayuno en la taquería a pie de carretera “El Güero” a base de tacos y un vitamínico y diurético zumo de betabel o remolacha, naranja y zanahoria para poner rumbo a la boca del pozo de los brujos de agua, Chichén Itzá, donde, tras el fortín de la entrada y un pequeño camino de tierra protegido por pequeños puestos de venta de artesanía local, la gran pirámide de Kukulcán se alza radiante ofreciendo sus dos mejores caras norte y oeste, su estructura perfectamente calculada, sus serpientes de cascabel y su estudiado sistema acústico resonante. A escasos metros, el estadio de juego de pelota más grande de la península. Éste no se trataba de un deporte más, sino de un ritual de enfrentamiento deportivo de vital importancia, un rito religioso que fundamentaba y representaba de la forma más explícita los grandes pilares de la cultura maya representados sobre la piedra inmortal: la vida, la muerte y la reencarnación.










El asentamiento de Ek Balam o negro jaguar, uno de los grandes mamíferos protagonistas de la mitología maya, supuso disfrutar, ojipláticos y boquiabiertos, tras el ascenso por la larga escalinata, de las primeras vistas del vasto verde inacabable.








Un chapuzón antes de comer en el cenote Hubiku, una de las numerosísimas cuevas abiertas en su parte superior y repletas de fresca agua azulada, a modo de pecera redonda. Sombríos reflejos solares y olor cavernícola en traje de baño para resguardarse del sofocante calor del exterior. Ya fuera, arroz, frijoles, longaniza, carne asada troceada, adictivo chile habanero y suave guacamole en un restaurante de Temazón, un pueblo muy cercano.

Descansando los ojos a pierna suelta llegamos al hotel con las expectativas por las nubes, conscientes de que la experiencia CocoBongo de la que tanto habíamos oído hablar estaba a pocas horas de materializarse. Puede sonar a tópico lo de “hay que verlo para creerlo” pero en el caso del lugar de referencia de una de las grandes capitales mundiales del despiporre, la afirmación cobra especial relevancia. Coco Bongo es la diversidad hecha espectáculo, la mezcla del mejor musical al que he asistido en mi vida y la discoteca más espectacular en la que he estado jamás. Desde las 10.30 p.m. hasta bien entrada la madrugada, actuaciones espectaculares, sublimes, e imitaciones perfectas se sucedieron ante nuestros ojos, incapacitándome incluso para darle sorbos a mi bebida durante un largo rato. El Fantasma de la Ópera, Madonna, Moulin Rouge, Batman, Robbie Williams, Beetle Juice, Queen, James Bond, Beyonce, Lady Gaga, La Pasión de Cristo, Elvis Presley, los Carnavales de Río de Janeiro, Tron, Lmfao, Spiderman, La Máscara, una de mis películas favoritas e imagen del establecimiento, y Michael Jackson, el más grande, mi gran ídolo. Un lugar donde las minifaldas, los vestidos cortos, la vergüenza y la tentación vuelan al son de la música y la barra libre, como los especialistas colgados del techo.

Mañana sabatina de playa y relajado traslado a Playa del Carmen, ciudad costera igual o más famosa que Cancún por su encanto, fiesta desmedida y localización pero sin inmensos edificios a pie de playa. Calles perpendiculares estructuran esta pequeña urbe para todos los públicos en un enorme compendio de establecimientos de souvenirs, tiendas, restaurantes, bares y discotecas que distrae y embelesa a turistas y locales. Todo enfrentado con la dureza de un país donde algunos niños se ven obligados a pedir una limosna a cambio de un cántico, descalzos, y perros chihuahua ladran para conseguir unos zapatos nuevos. Negociaciones, baratas tortas mexicanas y margaritas de sabores para finalizar la jornada de arrastre.








Maravilloso domingo de tour completo por más tesoros mayas a precio casi de la época con Easy Tours. Las ruinas de Tulum, por su tipología y colocación, suponen una de las grandes joyas de toda la Riviera Maya y del mundo, me aventuraría a decir. Antiguo hogar de la crème de la crème maya y centro de energía, esta reliquia arqueológica hace las delicias del visitante con su buena conservación y sus fotografías de postal llenas de contraste y tonos grises piedra, verde selva, blanco marfil y azul paraíso. Paraíso, mismo nombre de la playa que, a pocos metros, permite sumergirse en las caribeñas aguas donde, siglos atrás, lo harían grandes sacerdotes y astrólogos mayas. Previo a la visita a los restos arqueológicos de Cobá, innecesaria y turística parada en una comunidad maya y alto en el camino para seguir degustando delicias gastronómicas mexicanas como la cochinilla pibil. Cobá, una inmensa colección de pirámides en un enclave selvático más al interior de la península, recorrible a pie o en bicicleta y coronada por la gran pirámide de Nohoch Mul, la más alta de México, desde donde su cúspide a cuarenta y dos metros de altura, el sol nos brindó otra de sus silenciosas bajadas al inframundo.
















Ya de vuelta en Playa del Carmen, música en directo, breakdance callejero de improviso, sabrosos tacos de pescado con salsa chipotle y piñas coladas en Fah y litros, dejémoslo ahí, a sesenta pesos en la ruidosa y fiestera Vaquita, en plena calle 12, en la cual se concentran la mayor parte de las discotecas.

A dieciocho kilómetros mar adentro y tras cuarenta y cinco minutos de ferry, la tranquila isla de Cozumel acoge al turista deseoso de paz y actividades náuticas como el buceo y el snorkel, ya que cuenta con la proximidad al arrecife de coral Mesoamericano, maravilla natural, sólo superado en longitud por la Gran Barrera de Coral Australiana. Pacífico bálsamo de agua, recorrido muy especial a caballo entre selva y paradisíaca playa en entera consonancia con la naturaleza y, ya de vuelta en Playa del Carmen, unos nuevos y últimos chilaquiles verdes con pollo, para cerrar el círculo y acabar el viaje casi de la misma forma que empezó.




¿Quién dijo que las segundas partes nunca fueron buenas? Evitando volver a deleitarme con su gastronomía y su gente con palabras, México me ha vuelto a ofrecer su mejor cara, su nuca, su parte menos contaminada, más selvática, sus ancestrales vestigios mayas en pleno paraíso, lo previamente visto en sus museos, en vivo.

¡Viva México!


Como el valium para los nervios o el alcohol para las penas, viajar por placer disipa cualquier problema que ronde nuestra cabeza o circunstancia personal que nos provoque dolor, aflija nuestro corazón o amenace nuestra paz interior. De la misma forma, los efectos secundarios pueden aparecer en el retorno, en lo que técnicamente se conoce como síndrome post-vacacional, en medio de ese estado imaginario y transitorio de euforia y pilas cargadas. Entre otros, nostalgia de los lugares visitados, ganas de más y desazón provocado por la obligación de afrontar de nuevo el papel protagonista en nuestra propia obra de puro género comedia dramática, “Vuelta a la realidad”. Un clásico de nuestro cine.

Esperando una nueva película, llena de incertidumbre y de guión indeterminado, me despido de vosotros, viajeros, hasta la próxima.


2 comentarios:

  1. te he encontrado a través de bitacoras y me ha parecido muy bueno tu trabajo

    Saludos

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  2. Muchísimas gracias por tu comentario.

    Saludos,

    Daniel

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