6/11/13

Maratón de emociones en Nueva York


Esta entrada no es la que cierra la temporada de viajes pero si es la que precede a un nuevo cambio de etapa en mi vida, la que ha marcado un previsible punto de inflexión y ha colocado los caprichosos sentimientos a flor de piel. De ahí que sea diferente, la única con caras y nombres propios, y que vaya dedicada a todas las personas que me rodean, que, de un modo u otro, me hacen vivir tan intensamente, a los impagables reencuentros, a las nuevas amistades, a las inolvidables experiencias, al duro hecho de echar en falta un poco y mucho, a las siempre presentes dudas, a las crueles despedidas, a las agridulces sobredosis de emociones.

Nueva York, ¿por qué este golpe inesperado, directo al corazón?, ¿por qué esa sensación de verte desde el avión, iluminado en todo tu esplendor, como el ombligo del mundo, dónde todo parece ocurrir?, ¿por qué eres el causante del estrés más espantoso y de los más relajantes paseos, de las comidas con continuación y de los últimos cafés, descafeinados? Te has cruzado en mi camino para interrogarme en silencio, para sacarme lágrimas saladas de felicidad y para recordarme que estás ahí para acompañarme, bajo el frío sol, en los mejores momentos. Ahora entiendo. Espero devolvértela muy pronto.




Nueva York, microciudades perfectamente diferenciadas y estructuradas dentro de una misma urbe componen los incansables y atemporales barrios a los que, casi en su totalidad, se brinda visita de forma inconsciente, repetida y casi sistemática cada vez que uno pisa la gran manzana.

Nueva York, capital del planeta tierra y mina imperecedera de descubrimientos y nuevas vivencias. En esta ocasión, la apuesta segura, Le Bain, un rooftop mayúsculo, trajo las vistas y dispuso la ciudad a nuestros pies, The High Line, en el Meatpacking District, un parque en altura sobre una antigua vía de tren, de largas y estrechas dimensiones, puso la modernidad sobre la mesa en una fresca y soleada mañana de sábado, una mesa que muy cerca de allí y tras una larga espera se llenaría de las famosas y sabrosísimas hamburguesas de carne de cerdo y queso roquefort, acompañadas de cordilleras de patatas paja, del Spotted Pig, para pasar a una amarga digestión, sólo mitigada por la dulce reunión de dos hermanos unidos por Miami y la música, empapada en aún más amargas aunque deliciosas y digestivas pócimas a base de ginebra, tónica y magia en Amor y amargo, la genuinidad más pura hecha bar, en el East Village.




El Domingo maratoniano comenzó, para no perder la costumbre, con un buen desayuno tardío y latino que, en soledad, acompañaría a mi aún reticente estómago hasta bien entrada la noche. Poco importaba. Arropados por el gentío del Upper East Side, con el ambiente de la carrera más famosa del mundo emanando por los poros de la piel, mensajes de ánimo en mano y bandera de España en espalda a modo de capa, tuvimos la oportunidad de ver a nuestro corredor, y viceversa, en dos ocasiones, orgulloso, en su mayor logro como deportista amateur. Historias de esfuerzo y superación, tradiciones, promesas, retos personales, héroes por un día en definitiva. En la esquina de la calle 91 al este con la quinta avenida se perdió la voz, se animó a ya vencedores de decenas de nacionalidades como si fuesen familia, como ciudadanos de un solo mundo, convirtiendo el desfallecimiento en trote, el cansancio en sonrisas y el sufrimiento en orgullo y felicidad. Por la tarde, interesantes e intensas conversaciones caseras en perfecta compañía, salpicadas de vino joven, refrigeradas por la helada brisa del Upper West Side. Un día en la piel de un neoyorkino. Asombrosa sensación.




Lunes al sol en Brooklyn tras cruzar su histórico puente y más despedidas en la calle 42 al este de Manhattan. Miradas clavadas en el cítrico y edificado infinito a través de la ventana del autobús de vuelta al aeropuerto, maldiciendo tu eterno y mortal encanto. Un hasta luego, un luego diferente pero igualmente emocionante. Nueva York, hasta dentro de unos días.




Gracias a Patricia, Oliver, Alberto, Nuria, Ismael, María, Carolina y Gloria por unos días más que inolvidables, pendientes de cicatrización.







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