15/9/13

Perú, diversidad mágica


Como en otras ocasiones, empecé a escribir esta entrada durante el viaje, bajo una sombrilla de junco, reflexivo, recostado sobre la colorida tela decorada a rayas con motivo de antiguas civilizaciones de una hamaca de madera en la isla de Q´hantati, una de las aproximadamente 75 islas flotantes fabricadas con alargados juncos donde, de forma mágica, los Uros, una de las primeras civilizaciones de la región, con orígenes 8.000 años a.c., conviven en armonía hoy en día, respetando sus disciplinarias costumbres, adaptándose muy ligera y lentamente a los pequeños detalles de la vida moderna y recibiendo, por suerte y con cuenta gotas, a los turistas no sólo dispuestos a verlos desde la lancha, sino a compartir con ellos sus vivencias, un día de su vida. Hablaré de ellos más adelante.

En medio de un serio compendio de circunstanciales emociones más personales que profesionales, fruto de mi cerebro incansable, siempre siguiendo el rastro de la utópica felicidad absoluta, aparece Perú, un país verdaderamente rico en lo realmente importante, en pasado, cultura, patrimonio y tradición, único, por lo colorido de sus telas, lo magnífico de sus valles y paisajes de montaña, la calidez en el trato o el orgullo por su folclore o sus tradiciones más ancestrales, entremezcladas en un todo que abruma, confunde y embelesa con el paso de los días.



Aún habiendo saciado mis deseos más primarios, los planes sobre Perú ya plasmados en este blog hace años, limitarse a visitar Lima, Cusco y las ruinas incas a pie del monte Machu Picchu hubiese sido un error de enorme calibre. Todo parte del Perú pre-inca, el desconocido por la mayoría, los miles de años que cimentaron la aparición de la civilización inca.

Un viaje nómada, sin tregua ni descanso, duro físicamente, sin tiempo para el regocijo pero sí para el perpetuo disfrute de los efímeros e irrepetibles momentos a lo largo del mismo. Un viaje de paso, recuerdos y reflexiones de paso, pero ya imborrables, inmortales.

Del rápido paso por Lima debo recordar los Maracuya Sours del Huaringas Bar, en el seguro y pudiente distrito de Miraflores, mi último contacto de la semana con la cultura americana en el Starbucks de Larcomar, un centro comercial muy propio del mismo barrio, de ojos  fijos en el nublado horizonte costero y suspendido en las verticales paredes de tierra, un centro colonial, de un apagado y lloviznoso color albero grisáceo, opulento, repleto de sus gloriosos balcones salientes y sus históricos edificios, como el Convento de San Francisco de Asís y sus tétricas catacumbas, el primer de varios Pisco Sours en la terraza del clásico Hotel Bolívar, mi contacto primerizo con el cebiche, la papa rellena, el lomo saltado, el ají de gallina o el anticucho o corazón de res que recuerde, platos típicos de la cocina tradicional peruana, en Rústica, un buffet a pie de playa y de altos precios, un paseo sin rumbo por el área de Miraflores hasta literalmente perderse en primera línea de la costa limeña, oculto y confundido por los gigantes, tenebrosos y terrosos acantilados, delicado sustento de la desafiante urbe que, más arriba, descansa peligrosamente en equilibrio, y mi último e inconsciente acercamiento a los peligrosos Pisco Sours y Chilcanos en Cala, un bar de altos vuelos al nivel del mar. Hasta aquí un sábado en Lima, antesala de la magnificencia, rozando las yemas de los dedos de sus manos.






Domingo de locomoción en casi todas sus vertientes posibles con un claro destino. Mañanero avión a Cusco, capital histórica del país y ciudad suprema del imperio Inca, taxi a su majestuosa plaza de armas, paseos por sus pedregosos alrededores y menú completo en Calle Belén por cuatro soles, un euro al cambio. Ya desde Calle Pavitos, y a través del asombroso Valle Sagrado, hora y media de furgoneta compartida hasta Ollantaytambo, recorrido a pie por sus perfectamente conservadas ruinas y terrazas para disfrutar del inverosímil ensamblaje imperial de las mohosas piedras y las estudiadas vistas, y tren al abrupto y turístico Aguas Calientes, a pies del Machu Picchu. A pocas horas del sueño de muchos, noche de muy decente alojamiento a orillas del andén por cincuenta soles, trece euros al cambio, lo que chocó de frente con los altos precios de los suministros de primera necesidad y comida en menor medida. Así es Perú en sus grandes puntos neurálgicos de turismo, unos de sus pocos contrastes.










Cuatro de la mañana del Lunes 2 de Septiembre que quedará grabado aquí y en mi memoria para la eternidad, arriba para amanecer con una de las maravillas del mundo, para despertar abrazado a ella con la salida del sol, cuerpo con cuerpo, para embriagarme de su grandiosidad y esplendoroso pasado tras el duro ascenso por una de las patas de su cama. Una experiencia difícilmente descriptible, amor a primera vista, una imagen cincelada en mi mente para siempre, un enclave único en el planeta, un pacífico y seductor conjuro, un objetivo conseguido, el disfrute del silencioso impacto de los primeros rayos de sol, visibles al trasluz, difuminados, radiantes, sobre la cima, su nariz, hasta dejar iluminada, milímetro a milímetro, con el paso de los eternos minutos, su mística cara, y más abajo, las ruinas. Un paseo ya a pleno sol por la ciudadela, por sus terrazas y sus templos, para más tarde subir, casi escalar, a la cumbre del Huayna Picchu, la famosa montaña confundida y capturada por las lentes de las cámaras fotográficas de millones de turistas, yo incluido, para divisar y venerar el verdadero Machu Picchu y sus ruinas desde la altura en todo su esplendor, como lo hacían los incas hace más de quinientos años. Un descenso más sencillo para perderse de nuevo por los laberintos de piedra, entre sus paredes, para deslizar la palma de la mano por su superficie, para sentir, buscando entre los huecos, intentando entender el porqué.

Pero más allá de su incuestionable y abrumadora belleza infinita, de la huella en mí creada, reconozco una gran expectativa incumplida, anidada en mi interior más profundo, aquel que la ciencia no es capaz de explicar, erigida en mi mente por las historias, leyendas y los libros de papel, una prometedora conexión extrasensorial con la montaña. Un fluir de energía maltrecho, una búsqueda durante horas inconexa, en cada cruce de miradas, en cada contacto con cada una de las rocas ahí perfectamente dispuestas, un amor platónico no correspondido del todo, una relación insatisfecha en cierto modo, un sentimiento agridulce, una pena aderezada con felicidad y orgullo. El orgullo del yo estuve, del yo lo vi, lo subí y lo coroné, del, aún sin el resultado esperado, yo lo intenté.




















Misma ruta de regreso. Tren de media tarde a Ollantaytambo, inesperada y estrambótica representación de alguna parte del folclore peruano en el mismo, y furgón, nuevamente como sardinas en lata, hasta Cusco.

Sólo la congeladora, ruidosa, luminosa y espantosa noche en Cusco y los primeros síntomas del mal de altura, el cual me acompañaría durante un par de días más junto con las pociones curativas a base de mate de coca o infusión de muña, amenazaron durante un par de horas mi disfrute del Martes a través de la Ruta del Sol entre Cusco y Puno, más al sur, la población más grande a orillas del Lago Titicaca.

La grata y guiada experiencia en autobús por los amarillentos campos y valles del Perú vino de mano de Wonder Peru Expedition. Paradas en la bellísima Iglesia de Andahuaylillas, conocida como la Capilla Sixtina de América, de estilo sobrecargado, cristiano, barroco, e influencias incas y mudéjares, Raqchi, uno de los mayores asentamientos del imperio Inca a lo largo de los 5.200 kilómetros que componían el camino inca desde Colombia hasta Argentina y muestra viva del buen hacer de esta ordenada sociedad, todavía fuera de nuestro entendimiento, La Raya, punto más alto del trayecto, pasados los 4.300 metros sobre el nivel del mar, mirador de la imponente cordillera oriental de Los Andes, y Pukara, hogar del impactante complejo arqueológico pre-inca, para llegar al caótico e impersonal Puno. Un pequeño viaje paralelo por la extraordinaria diversidad cultural y paisajística del Perú.












La noche en Puno precedió a las veinticuatro horas de turismo vivencial, y personalmente experimental, con los Uros, a los que hice referencia al comienzo del texto. Un gran guía, de aura limpia y orgulloso de sus orígenes, lecciones históricas de valor incalculable, recorriendo miles y miles de años de civilizaciones, de pueblos, Aruac, Kaluyos, Pukaras, Tiahuanancos, Coyas, que recuerde, entre tantos, 4 de Septiembre, un acontecimiento único en vísperas del aniversario de las islas, la gran carrera de balsamaranes, una competición entre isleños en sus majestuosas embarcaciones típicas, una buena dosis de hospitalidad y una conversación para darse de cuenta de lo diferentes que pueden ser sus vidas, donde familia, supervivencia y mantener su isla y sus barcas a flote a base de periódicos cambios del junco que todo lo compone y que extraen de los “totorales” es lo único que importa, y la mía, inconformista, pensando permanentemente en el siguiente paso a dar. Cuando los extremos coinciden, es momento de reflexionar, buscar el equilibrio.








Un jueves para adentrarse en las profundidades del Lago Titicaca, el lago navegable más alto del mundo, con destino a Taquile, una pequeña isla donde seis comunidades viven prolongadamente y comparten todo de forma estructurada para supervivencia del conjunto. Deliciosa sopa de quinua, trucha y nueva demostración de tradición en forma de baile. Una nueva plaza de armas con vistas de ensueño, Bolivia y sus macizos nevados, por encima de los 6.300 metros, en el horizonte. Agua color cielo, cielo color agua, nubes de color nieve, nieve del color de las nubes.










Un nuevo vuelo doméstico a Lima daba comienzo a la última parte de la aventura, desafiando ya los límites de la armoniosa biodiversidad. Un viernes en las Islas Ballestas y la Reserva Nacional de Paracas. Las primeras, dentro ya del océano pacífico, a veinticinco kilómetros del pueblo de Paracas. Tras el paso por el gigante y misterioso candelabro grabado en la superficie de uno de los primeros islotes que aparecen, la llegada a estas islas parece asemejarse al fin del mundo, en apariencia. Este y el origen del planeta, cuando nada había, parecen fundirse en un escenario sin igual. Millones de aves, focas, lobos marinos y pingüinos, que pudiesen apreciar mis ojos, conviven en enormes formaciones rocosas, inundadas de arcos y grandes cuevas, que les dan un aspecto sombrío, enigmático. La Reserva, una de las zonas más secas del mundo, forma parte del inmenso desierto de Atacama, en su segmento peruano. Paisajes sin fin, despoblados, desoladores, en tonos amarillos, tierra, rojizos y camel, sumamente bellos, mojados por el gran océano.












Último día, otro misterio por resolver, tres horas más al sur de paracas y siete de vuelta a Lima que bien merecían la pena. Las líneas de Nazca, otra civilización adelantada a su tiempo, casi al nuestro, enigma entre los enigmas. En una pequeña Cessna sobrevolamos, a unos cuatrocientos pies, trazos, figuras perfectamente dibujadas y visibles en la superficie que representan animales no originarios de la región, líneas infinitas al ojo humano que trazan ríos subterráneos, que dibujan constelaciones, triángulos que marcan puntos cardinales, que persiguen atardeceres, que bordan el camino exacto a templos sagrados.








Ya de vuelta en el avión a Miami, como colofón a un viaje de paz y conversaciones conmigo mismo, tuve la oportunidad de ver una gran película en el momento más adecuado. Kon-Tiki, la historia real de un rebelde explorador noruego obsesionado con las culturas pre-incas, el cual, tras años de estudio y convivencia con los locales de la Polinesia y con toda la comunidad científica europea en contra, demostró la llegada de estas civilizaciones a la Polinesia a través del Océano Pacífico, es decir, el este, de la única forma que podía, a la deriva en una barcaza de madera fabricada con los mismos materiales y métodos de la época. Una historia de superación, adoración civilizaciones admirables y fidelidad a sus principios.

La historia completa del Perú. Un país para el que los océanos no eran barreras, sino caminos, el progreso no era un obstáculo, sino un desafío, un hecho. El cielo, lo inexplicable, su dominio. Sus logros, atribuidos a posteriori, en ocasiones, a criaturas extraterrestres por su complejidad, su conocimiento, muchos de sus métodos, un misterio, olvidados durante siglos y retomados e imitados en la actualidad.

Me quedo con una frase que vi en el centro de visitantes de la Reserva Nacional de Paracas y que resume toda esta entrada desde un punto de vista científico:

“Si hubiera una catástrofe planetaria y tuviera la posibilidad de elegir un país para salvar y reconstruir el planeta, sin duda escogería el Perú”.

David Bellamy - Biólogo, divulgador científico y locutor inglés

Siempre hay gente que determina la viabilidad y buen curso de tus viajes. Agradecer a Ariadna su hospitalidad en Lima.


Hasta la próxima viajeros.


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