18/5/13

México, único, incomparable


“Valor y confianza ante el porvenir hallan los pueblos en la grandeza de su pasado. Mexicano, contémplate en el espejo de esa grandeza”
Jaime Torres Bodet


Una vez más, y convencido ya de volver, cumplo parte de un sueño ya plasmado en este blog hace tiempo, casi dos años. México DF y su estado colindante, una urbe de medidas desproporcionadas que, ya desde el avión, no deja indiferente. Latente contaminación y miedo infundado, siempre consecuencia del desconocimiento, quedan disipados por la amabilidad de sus gentes y viveza de sus barrios, repletos de comercios, puestos callejeros de comida y frutas y vendedores ambulantes. Cada barrio, un mundo, algo diferente que ver, degustar y disfrutar. Como una de sus salsas picantes o extremadamente picantes, México deja al visitante alucinado o extremadamente alucinado.



“Cuidado que enamora”, ya me había avisado un buen amigo. Ya no me enamoro tan fácilmente como antes, pensé, pero ahora puedo decir q he estado muy cerca. Positivo, encantado, seducido por cuatro días de diversión extrema, conmovido por la abrumadora riqueza cultural; sólo la insoportable polución, las infinitas distancias y el brutal tráfico han evitado el flechazo q siempre busco en mis viajes.



Un primer día muy por encima de mis expectativas rompió un hielo ya destinado a resquebrajarse pronto. Un impoluto, deslumbrante y asombrosamente bien conservado Castillo de Chapultepec, actualmente Museo Nacional de Historia, ofreció las primeras vistas de la ciudad desde las alturas. Grandiosidad cultural, reconstrucciones y piezas inverosímiles, vuelta obligada a civilizaciones pasadas y riqueza histórica en el icónico museo de antropología, arquitectónicamente perfecto. La inmensa y esplendorosa fuente de la entrada precede a un recorrido concentrado, ordenado en forma de “U”, a lo largo de miles de años de leyendas e historia. Con una buena dosis de esta última, desde el residencial y tranquilo Polanco, un arriesgado paseo en bicicleta por el Paseo de la Reforma y el Eje Central Lázaro Cárdenas nos llevó hasta la plaza del Zócalo. Atrás dejamos los primeros síntomas de sequedad de garganta, falta de aire y picor en los ojos, el magnífico Ángel de la Independencia, la típica princesa quinceañera, la festiva Zona Rosa y sus discotecas a plena luz del día, el blanquecino y majestuoso palacio de bellas artes y la Torre Latinoamericana, un rascacielos de apariencia retro al estilo más americano.




















El Zócalo, la segunda plaza pública más grande del mundo, sorprendente, bulliciosa, caótica, liderada por una gigante bandera mexicana que representa el fervor patrio de todos los nacidos bajo el amparo y protección de dicho manto, un sentimiento de generaciones, de un orgullo más que justificado. A su vera, la gran Catedral y el Palacio Nacional brindan la mejor instantánea desde lo alto. Para tomarla, y ya que no sólo de Nueva York viven los rooftops, el “Gran Hotel Ciudad de México”, espectacular en su interior, ofrece, en su terraza del ático, la mejor perspectiva del inmenso cuadrado desde la esquina más alejada, todo acompañado por uno de los grandes placeres del país, la tradicional margarita, mi primer, y no último, contacto con el tequila a lo largo del viaje. Con una nueva y buena dosis, esta vez de actividad física y sibaritismo, llegó uno de los grandes momentos de la escapada a la capital, una inmersión bien profunda en las costumbres y aficiones del pueblo, una sorpresa, por lo extraordinario de la misma. Lucha libre mexicana. Divertimento en su estado más puro y surrealista. Mujeres, hombres y enanos, vestidos o disfrazados de la forma más dispar, se enzarzan en peleas ficticias repletas de golpes simulados y una parafernalia muy graciosa. El público, entregado. Mi júbilo, máscara en mano, desbordado. Mi contacto inicial con la cultura local, magna cum laude. Para cenar, alambres de pollo y carne con tortillas, lima y salsa verde, acompañados de mas tequila Jimador y una ruidosa banda que hizo del festín en la “Birriería el Rancho”, a escasos metros del arena, un espectáculo sin parangón. En menos de 24 horas, México ya me había ganado.







Un segundo día que empezó de la mejor forma. Sonrisoterapia y tacos de carne en un puesto callejero de confianza, más lima y salsa verde, cebolla, cilantro y chile picante, que no irritante. Pilas cargadas para otro día a la altura del primero.




Primera parada, la Casa Azul, en Coyoacán, museo hoy en día, en el pasado, hogar de la visionaria y carismática artista Frida Khalo, lugar donde desplegó su desbordado y dramático talento, influenciado sobremanera por los trágicos sucesos acontecidos a lo largo de su corta pero intensa vida. Para que quería pies, si tenía alas para hacer volar su imaginación. Mujer de armas tomar, elevó el arte mexicano más moderno a otro nivel, simpleza sublime en los trazos y colores definen sus cuadros y dibujos, cargados de sentimiento, sufrimiento y emoción. Su accidente, su imposibilidad de tener descendencia, horrible, determinante; su matrimonio con el igualmente famoso muralista Diego Rivera, explosivo, problemático, precioso, sinérgico. Su morada, colorida, pacífica, inspiradora.










A escasos metros, el centro de Coyoacán, tradicional, con un encanto muy especial, alejado de la gran ciudad. Mercados, pequeños negocios y parques inundan la zona. Mi primer jugo antigripal. Un descubrimiento. Limón, naranja, guayaba, piña, toronja y miel como remedio casero y frutal a todos los males. En esta ocasión, tostadas mexicanas en las clásicas cantinas saciaron nuestro apetito. Un gran nacho redondo del tamaño de un plato con una base de frijol, sobre la cual se sirve pollo o carne, lechuga, queso y salsa. Como resultado, un refrescante, sabroso y adictivo plato típico.

La categoría de Patrimonio Cultural de la Humanidad es sólo otorgada por la UNESCO, por definición y de forma muy estricta, a aquellos lugares de importancia cultural excepcional para la herencia común de la humanidad. Detrás de esa rocambolesca frase sólo puede encontrarse un lugar único, una experiencia para todos los sentidos. Pues así es Xochimilco y sus famosas trajineras, barcas bajas, techadas, todas uniformemente pintadas en colores encendidos, verdes, rojos, azules y amarillos, con una mesa centrada, alargada, en su interior, en la que disfrutar de un día de música, bebida y comida, hasta que el cuerpo aguante. En todo momento, guiadas por remeros que las manejan a su antojo, con la destreza de un relojero, con un gran palo de unos cinco metros de altura, a través de canales conectados entre sí y cercados por vegetación y pequeños viveros. Por supuesto, rodeados por miles de barcas más, de idéntica apariencia y variopinta ocupación, familias, jóvenes, mariachis y vendedores ambulantes de joyería, tacos y mazorcas de maíz. Día perfecto. Un atardecer bien diferente, singular. Taxi loco de vuelta. México en su cara más tradicional, pintoresca, embriagada, distraída, entretenida.








Con un nuevo, genuino y fuerte desayuno en “La Casa de los Abuelos”, a base de chilaquiles, una cuna de nachos reblandecidos por salsa verde o roja con queso y pollo, que a su vez sirve de cama a uno o dos huevos fritos o revueltos, comenzamos un día de excursión a civilizaciones pasadas, en particular, a la ciudad de Teotihuacán, a unos 50 km al noreste de la capital, conocida antaño como el lugar donde los hombres se convertían en dioses. Plazas de rituales, calzadas y ruinas milenarias, pirámides escalonadas fabricadas en su día sobre los propios montículos, muy decentemente conservadas, que tele-transportan al visitante a los orígenes de la cultura teotihuacana, que no azteca ni maya, y a su época más esplendorosa. Desde la pirámide del sol, la más grande de todas, 245 escalones te separan de unas vistas 360º de infarto.







De vuelta, parada en Guadalupe, visita a sus dos basílicas. La nueva, donde la virgen, blanca, cubre, protege a sus fieles con su enigmático manto color turquesa, espléndida, llena de energía, turística, abarrotada. La antigua, hermosa, única, torcida, de cimientos inestables, algo común en México, que provocan una sensación rara y especial de mareo, donde estas recto pero al mismo tiempo no, como en una realidad trastocada.






Para cenar, marisco tradicional, michelada con clamato, cerveza modelo especial, mi preferida, y ostras con roquefort. Inesperado. Ya al lado de casa, rápido vistazo desde fuera al espectacular y moderno museo Soumaya, que el hombre más rico del mundo, Carlos Slim, construyó en honor a su mujer fallecida. Formas, reflejos y curvas inverosímiles, hexágonos de aluminio brillante que parecen flotar, sin unión entre ellos, hacen de las infinitas fachadas de este edificio algo digno de ver, disfrutar y fotografiar.






Con una mañana más por delante, sólo quedaba desayunar unos deliciosos panes de dulce mexicanos con chocolate caliente en el reputado “Café de Tacuba” y ver los impresionantes murales de Diego Rivera en el Palacio Nacional. Desafortunadamente, sin consideración previa por nuestra parte de que era Lunes, lo tendré que dejar para mi próxima visita, lo que nos sirvió para dar una vuelta por las calles colindantes a la Plaza de la Constitución y vivir de cerca el bullicio de la calles repletas de diminutos comercios de ropa, básica, sin diferenciación alguna, a un lado del Zócalo, y de inmensas galerías de pequeñas joyerías y productos artesanos, al otro. Competencia perfecta, final perfecto, como cada segundo, minuto, hora y día del viaje. Gracias JM. Gracias. Eres un grande.






Hasta aquí el primer capítulo de mi historia de amor con México.

FIN 


La semana que viene, un nuevo road trip multitudinario a Nueva Orleans, cuna de la música jazz y de la gastronomía sureña, la capital cultural del sur de los Estados Unidos. Un no parar. Disfrutad de la vida, viajad, preguntad a la gente como está, escuchad, sonreíd, descansad, pensad, trabajad, amad.

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