4/3/13

Sueño cumplido y vidas de ensueño en Palm Beach


La experiencia me dice que hay veces en la vida que te cruzas con personas con las que, simplemente, casas, sin esfuerzo, cuadras, como piezas de un puzzle, conectas, a las que conoces sin apenas conocerlas, confías en ellas sin temor a equivocarte, con las que conversas con interés y no por interés, sin tapujos o tabúes, de los temas más personales y profesionales a los más banales, en una piscina, en una habitación, en un jacuzzi o tirados en un campo de golf. Así fueron 24 horas en Palm Beach, un remanso de paz, risas, color verde, lujo y momentazos, con un objetivo cumplido, una ilusión, un sueño hecho realidad que llevaba persiguiendo más de 10 años, ver a Tiger Woods. Imponente en lo físico, ídolo de masas, ejemplo para la mayoría, alabado en el terreno profesional, perdonado en el personal, genio indiscutible, extraterrestre.

Año 2013, Honda Classic, PGA National Champion Course, Palm Beach Gardens, domingo, última jornada del campeonato, hoyo 2, me sitúo en la zona frecuente de caída de la bola desde el tee, la pelota cae, en la trampa de arena, a escasos tres metros de mi posición. Impaciente, espero, con la esperanza de que el tiro sea del ‘Tigre’. Veo cómo, a unos 100 metros, su desconocido compañero de partido y él se aproximan por la parte central del hoyo o calle, recta y perfectamente dibujada con un corte a cuadros bicolores, efecto producido por la técnica de cortado, para después separarse hacia lados opuestos de la misma. ‘Tiger’ viene hacia mí, polo rojo, como todos los domingos, bajo un jersey negro, impoluto, inconsciente de que estaba a punto de cumplir uno de mis sueños, baja al obstáculo de arena, situándose en frente mío, juega con el aire, espera, entierra ligeramente sus pies en el arenoso terreno; ante la imposibilidad de sacar mi cámara de fotografía o móvil, me concentro, tratando de recordar cada fotograma de lo que está a punto de acontecer durante no más de dos segundos, efectúa un swing perfecto, lento y rápido, violento y armonioso, el suyo, y ejecuta una obra maestra en forma de golpe de golf, de vuelo ascendente y parábola perfecta, con ligero efecto a la izquierda, colocando la bola a unos tres metros de la bandera, a unos 160 metros de mi situación. Ahora ya es imposible que lo olvide. 

No es su mejor semana, pero no pasa nada, para mí es un momento único, aunque repetible. Si algo sabe el ‘Tigre’ es deleitar a las masas, hacerlas rugir cuando están adormiladas. Hoyo 18, largo tiro de 213 metros al hoyo, inmenso lago a la derecha. De lejos, observo como se prepara, ya sin nada que perder, pero siempre amante del riesgo, realiza el swing, fluido, pierdo la bola, siempre difícil de ver a contraluz; en la parte más alta de su trayectoria, la recupero, no ha jugado defensivo, lo sé, por lo que puede ir al agua, hay un margen de sólo 3 metros al frente y a la derecha para botar la pelota, puede, puede, puede, bota en firme, frenada, amortiguada, entra al green, despacio, tímida, ante el griterío de toda la afición situada en el último hoyo. El putt va dentro. Eagle para los que entiendan de golf. Increíble momento. Gracias ‘Tiger’.


Hoyo 18, PGA National Champion Course, Palm Beach Gardens



A pesar de lo corto de esta escapada, y de lo absurdo que pueda parecer escribir un post sobre ella, al no tratarse de un viaje, ha sido muy especial. El golf ha sido protagonista claro pero no ha sido el único. En muy pocas horas fuera del campo de golf, salimos ganando de forma imprevisible y muy perspicaz, por una de las partes, en una compra de entradas a un reventa situado a varios kilómetros del torneo, huimos de él, a pesar de no darse cuenta en los momentos posteiores, thank god, en lo que para mí fue uno de los más largos semáforos en rojo de mi vida. Una sinergia en toda regla, una perfecta combinación de cabezonería y cara dura. El resultado, operación redonda y aparcamiento preferente. También tuve la oportunidad de cruzar a la ‘isla’ de Palm Beach, una larga pero estrechísima superficie de terreno, reservada a los más pudientes del país. Una sucesión imparable de mansiones, de todos los estilos, repletas de buen gusto y piedra natural importada, con un estandarte, el hotel ‘The Breakers’, uno de los mejores del mundo en su categoría, lujo lujoso, insultantemente impecable, desconcertantemente clásico y antiguo, como todo lo ostentoso y esplendoroso de este país. Fundado hace más de un siglo. Podría ser cierto. Impresionante y sublime en cualquier caso.

Será difícil quitarme de la cabeza esta excursión relámpago a esta ciudad casi vecina de Miami en el paraíso de Florida, Palm Beach, por lo particular de lo hecho y lo especial de lo visto. Más aún tras plasmarlo aquí, de forma imprevista, diferente, dos de mis palabras favoritas. Hasta la próxima.

No hay comentarios:

Publicar un comentario