9/1/13

Puerto Rico, ya tú sabes…o no.


Todos los viajes se caracterizan por algo especial. La mayoría, siempre considerando una buena predisposición, tienen en común la belleza, relativa o absoluta, de sus paisajes y sus gentes. La época del año también puede influir en el desarrollo de nuestras aventuras. La navidad, por experiencia, siempre muestra la mejor cara de un destino. Da luz a las calles más sombrías, esperanza y felicidad a la tristeza y unión a la distancia. Eso se refleja en la gente. Ahora, ¿le hace falta ese empujón navideño al ánimo de los puertorriqueños? Permitidme dudarlo. Ciudadanos americanos por ley, latinos y caribeños puros porque si. Una mezcla, la boricua, compleja y atractiva. De la tez más oscura a la más blanquecina, del aspecto más cubano al más americano. Una ensalada con una selección de las mejores hojas y el aliño más explosivo. Entra hambre.

A diferencia de lo que se puede pensar de Puerto Rico, el reggaeton no domina las calles y el inglés no se usa, conquistado, ya sin retorno, por el mejor spanglish que he escuchado, más span que glish. Azúcar para mis oídos, melodía para el paladar. Stop, PARE como dicen ellos. Algún signo gubernamental y oficinas de correos nos devuelven a los Estados Unidos, que no asociados, de América. Apertura a la adhesión, amor a la patria puertorriqueña y cierto resentimiento en edades más avanzadas conviven en armonía. El crimen, abunda; la seguridad, preocupa.


El Viejo San Juan, el Parque Nacional El Yunque y las paradisíacas islas de Culebra y Vieques, las cuatro joyas que conformaron mi viaje en esta ocasión, todo ello localizado al este de la isla de Puerto Rico.

Empiezo por El Viejo San Juan, una esmeralda colonial amurallada, bien protegida en un sobre en forma de fortín, lacrado por los españoles hace ya más de 500 años. Estampas de sello deslumbran cada vez que doblas la esquina, colores vivos pintan las casas renovadas, un casco antiguo siempre alerta, que se prepara de día y vibra de noche.









El Yunque, gran muestra de bosque y selva tropical, perfecto plan para invertir una mañana bajo el sol puertorriqueño, con caminatas para todos los niveles y públicos. Cascada La Coca, Cascada La Mina y Torre Yokahu, con vistas que quitan el hipo, son los tres puntos de interés de obligada visita. Camino ya de vuelta a San Juan y para saciar también los no menos importantes deseos de nuestros estómagos, la parada en un típico puesto de lechón a un lado de la carretera no defraudó. Piel crujiente, grasa deliciosa y carne tierna de cerdo se combinan de la mejor forma para dejar a estómago y paladar hipnotizados, muy satisfechos. Allí, en una cuneta, sobre el maletero del coche, disfrutamos de uno de los mayores manjares culinarios de Puerto Rico, todavía caliente, recién cortado.








Lo que pensábamos que consistiría en cuatro días de playa se convirtió en la parte más espectacular del viaje, la visita a las islas de Culebra y Vieques, dos puntos de obligada visita, caros a la par que impresionantes y poco explotados, ambos utilizados como zonas de pruebas militares por el siempre imperialista Gobierno de los Estados Unidos de América, como se puede comprobar a lo largo y ancho de ambas islas, donde zonas restringidas al acceso de personal no autorizado, señales de peligro sobre explosivos, desgastadas por el paso del tiempo, enormes extensiones de terreno pobladas de búnkeres y presididas por antenas y alguna pieza de armamento o transporte militar carcomida por el óxido, aparecieron en nuestro camino constantemente. El día después de Navidad y tras un buen madrugón y espera en la terminal de lanchas (no hay sistema telefónico u online de reservas) para coger el primer ferry en Fajardo, a una hora de distancia en coche de San Juan, pusimos rumbo a Culebra. Alejándonos de la isla de Puerto Rico, dejamos atrás Palomino y su pequeño tesoro, Palominito, Cayo Lobo y Cayo Lobito, para llegar a la isla con nombre de reptil. A diferencia de otros destinos de playa, sol y aventura, dónde decenas de operadores y negocios pequeños te acosan a tu llegada con sus “ofertas”, Culebra te deja en paz, libre a reptar por sus calles de pueblo hasta que te des cuenta de que necesitas un medio de locomoción más allá de las propias piernas. Nos decantamos por un carrito de golf con el objetivo de recorrer la isla de punta a punta, suficiente y divertido al mismo tiempo.

Palomino y Palominito



Saltando de playa en playa durante dos días y con el equipo de snorkel como nuestro objeto más preciado disfrutamos de playa Flamenco, catalogada como una de las mejores playas del mundo, de playa Carlos Rosario, sólo accesible a través de un camino supuestamente cerrado al público en su comienzo por el problema de los explosivos que comenté, de playa Melones, dónde experimenté, tras varios intentos, el tocar una tortuga en libertad, del atardecer en playa Tamarindo, dónde pudimos ver en directo, sumergidos, como un grupo de estudiantes de biología marina cazaban peces León, controlando su población, dada su naturaleza invasiva y peligrosa, de la playa de Punta Soldado y de la inolvidable playa Zoni, salvaje, dulce, tranquila, turquesa.


Playa Flamenco



 Playa Carlos Rosario


Playa Tamarindo



Vuelta a Fajardo, ‘cabezadita’ en el coche, cambio inesperado de ferry, nueva ‘cabezadita’ en el coche y camino a Vieques, otra estrella en el espacio puertoriqueño, otra joya sin explotar, siempre en términos relativos. Más grande y con más vida nocturna que Culebra, cómo pudimos comprobar las dos noches de fish and chips y karaoke en el ‘Al´s Mar Azul’, un bar con vistas al océano, con solera, regentado por una pareja típica de la América más profunda, mujer rubia de peinado ochentero, enamorada de España, y hombre con melena, de color amarillo desgastado por los rayos sol, barrigudo, con voz ronca y espectacular y aspecto de rockero de éxito en los 80. Se lo pregunté. No lo había sido.

Los mejores y más sabrosos desayunos en ‘La Viequense’. Hospitalidad sobresaliente en el ‘Tropical Guest House’, pequeño hotel cuyos dueños José, neoyorquino de origen puertorriqueño, y María, ecuatoriana, te hacen sentir como en casa, con su marcha y dulzura, respectivamente. Esta vez con un coche de alquiler, recorrimos todos los rincones de la isla; desde el rompeolas y sus miles de estrellas de mar, apoyadas en las piedras del fondo marino a escasos dos metros de la superficie, para deleite de los buceadores de gafa y tubo; pasando por la Laguna Kiani y la playa de Punta Arenas, dónde conseguimos ver a una anguila, quizás uno de los peces de mirada más penetrante y expectante que existen, Cayo Afuera, de acceso restringido, a dónde fuimos a nado desde la playa que lo observa, inconsciente de las corrientes y la vuelta, playa Negra, dónde la arena blanca se sustituye por tierra fina y negra, color carbón, con despiste, susto y aventura nocturna con infinidad de ruidos nuevos, selváticos y asombrosos, las playas de ensueño y película de  Playuela, Caracas, Pata Prieta, La Chiva, con nueva excursión a braza a un cayo próximo, Escondida, La Plata, junto con Pata Prieta, mis preferidas, y Platita; y acabando con uno de los platos fuertes de la isla, la Bahía Bioluminiscente, la más luminosa y cuidada del planeta, dónde la altísima concentración de dinoflagelados hace que nuestras extremidades, a nivel físico, y sentidos, a nivel sensorial, se iluminen bajo el agua con el movimiento. Un ecosistema único. Una luna llena y espléndida. Un efecto increíble. Agitar. Una experiencia única.

Laguna Kiani

La Chiva

La Plata

Playa Negra

Playas de arena blanca y agua turquesa, marrón y agua cristalina, negra y agua color zafiro. Eso y diversidad marina define a Vieques. Paraíso natural, como dirían los asturianos.

Sin olvidarme de mi pasión por los atardeceres, sumos dos imágenes más de Esperanza, al sur de la isla de Vieques, a una colección que espero que siga creciendo sin freno.




Dos días más de relax y una fiesta inundada de Año Nuevo, con cuenta atrás pero sin uvas, concluyeron la escapada a la isla del encanto. Un encanto descafeinado sin Culebra y Vieques. Aviso a navegantes.

Tras una nueva reflexión después de esta aventura, soy plenamente consciente de que mi enfermedad crece, vivir viajando es ya una forma de vida, incompatible con muchas cosas, compatible con otras muchas, como el desarrollo de nuestro espíritu libre o la vida misma. No sé dónde esta última me llevará, pero, sin remedio, tendrá que ser viajando. Vivir es viajar. Del mismo modo que la vida es un viaje.

Deseando ya escribir mi siguiente post sobre la ciudad que nunca duerme y dónde los sueños se cumplen…me despido hasta la próxima.

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